miércoles, 20 de noviembre de 2013

Engracia Santos


En Topas, un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca de alrededor de mil habitantes, la mayoría de los cuales malviven de la agricultura, propia o a jornal. Naturalmente, unos cuantos viven con holgura porque tienen tierras suficientes para ello, y alguno tiene hasta una dehesa, pero no hay que contar con él más que el día de la romería, que va hasta la ermita de su propiedad, y en ocasiones para las caridades de navidad al estilo de Los santos Inocentes de Delibes. 

Debía ser el año 1954 porque mi madre siempre ha dicho que como doña Juana, la única maestra en aquel momento, era su vecina y la quería mucho, me admitió antes de cumplir los 6 años. Por espacio en el aula no había problemas. Como todavía no se había construido la escuela de niñas, la clase se impartía en el salón parroquial, un espacio rectangular largo y estrecho, mal iluminado por tres ventanas verticales. Allí cabíamos las alrededor de 60 niñas del pueblo en edad escolar, de 6 a 14 años. La escuela era, claro está, unitaria de niñas. Cuando se construyó el edificio, creo que al año siguiente, pasó a ser graduada de niñas, al lado de la graduada de niños, pero sin relación ninguna con ella. A partir de entonces tendríamos dos clases: doña Juana se quedó con la de las mayores y las pequeñas pasamos a manos de la nueva y también estupenda maestra: doña Consuelo. El material con el que acudíamos a la escuela no tenía nada que ver con el actual: consistía en la cartilla, una pizarra del tamaño aproximado de una cuartilla incluyendo su marco de madera, un pizarrín y un trapo para borrar que se llevaba atado para que no borráramos con la mano. Una vez que sabíamos escribir con soltura pasábamos a usar el cuaderno de dos rayas y el lápiz.

El respeto a la maestra, como a los padres, tenía a veces más que ver con el miedo que con otra cosa, porque los castigos físicos no estaban mal vistos y no eran raros, aunque no pasaran de una bofetada o unos azotes. Todas, y todos, teníamos claro que más valía que en casa no se enteraran de que  en clase nos habían reñido, castigado o dado una torta: recibirías el doble.
 
Asistir a clase era una posibilidad que se iba al garete cuando había algo que hacer en casa o en el campo. La de veces que le escuché a mi abuela aquello de que el oficio del niño es poco pero el que lo pierde es un loco. Sólo cuando la razón era hacer los dulces para las fiestas del pueblo no me importaba faltar a clase. Pero a veces se consideraba imprescindible.

Siempre me he preguntado cómo se las apañaban los maestros y maestras de entonces para atender a toda aquella chiquillería tan dispar. Recuerdo el runrún de la clase, bajito, porque cuando hablaba la maestra se la oía, pero permanente, como el de una colmena. Cada grupo hacía tareas diferentes, y había ratos en que alguna de las mayores daba de leer a las que estábamos aprendiendo. Las cosas se hacían sin prisa, cuando ya sabías leer una página de la cartilla pasabas a la siguiente. Si alguien en casa leía contigo, o tenías mucha facilidad, aprendías antes. Si no era el caso, tardabas más.

La vida de las niñas y los niños no era fácil entonces, como tampoco lo era la de los adultos. Comodidades, ninguna, ni siquiera agua corriente, ni luz eléctrica, con todo lo que ello implica. La comida escaseaba en muchas casas, la nuestra entre ellas. En aquellos inviernos tan fríos que se helaba el agua del caorzo hasta el punto de que los muchachos lo recorrían en toda su longitud patinando bajo los árboles, la única fuente de calor en el aula, aparte del que nosotras generábamos, era un brasero de cisco bajo la mesa de la maestra. Había días en que no podíamos escribir porque las manos se nos entumecían de frío.

Pero a luz de un candil y al amor de la lumbre, en mi casa, en las largas noches de invierno, se producía un milagro: se escuchaban historias fantásticas, terribles, bonitas… que no tenían nada que ver con la vida que vivíamos, en las que los protagonistas pasaban muchas penalidades pero terminaban siendo felices. Mi padre leía en voz alta y los demás escuchábamos embobados, las manos ocupadas si había faena: desgranar maíz, seleccionar las alubias, coser o hacer punto. Los pocos libros que había en la vecindad circulaban de casa en casa: se prestaban (como el pan, pero esa es otra historia). Y si se acababan, se volvían a leer.
 
Si leyendo se podían conocer historias y enterarse de las partes que una se perdía cuando uno de los más pequeños lloraba (mi familia aumentaba cada dos años) y había que ir a mecerlo hasta que se dormía. ¿cómo no querer leer? Yo creo que me gusta la lectura desde antes de ser lectora gracias a esa costumbre familiar que se perdió cuando llegaron las comodidades y hubo otras formas de entretenimiento.
 
Engracia Santos 
Maestra jubilada

Carmen Riera

De niña con el traje típico

Carme Riera (Palma de Mallorca, 12 de enero de 1948) es una escritora española en catalán y castellano. Es catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus novelas destacan En el último azul, premios Nacional de Narrativa, Josep Pla, Crexells, Lletra d’Or y Premio Vittorini a la mejor novela extranjera publicada en Italia en el año 2000; Por el cielo y más alla, Premio de la Crítica Serra d’Or; La mitad del alma, Premio Sant Jordi 2003; El verano del inglés y Naturaleza casi muerta. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, portugués, francés, ruso, griego, holandés, rumano, hebreo, húngaro, turco y eslovaco. En 2001 recibió el Premio Nacional de Cultura concedido por la Generalitat de Cataluña. Desde el día 8 de noviembre es miembro de la Real Academia de la Lengua en la que ocupa el sillón "n".

En su discurso de ingreso en la RAE habló sobre cómo aprendió a leer.

"... yo, por el contrario, fui una niña torpe, a la que las monjas no conseguían enseñar a leer. Exhaustas y vencidas, avisaron a mi madre de mis dificultades. Mi padre, al que eso de tener una hija tonta de capirote —como se decía en una época en que la hipocresía de lo políticamente correcto aún no había triunfado— debía de fastidiarle mucho, intentó encontrar un método distinto al del parvulario. Consistió en hacerme más caso del que los padres de entonces solían hacer a sus hijos, en especial si eran hijas, y en leerme una serie de textos que, a su parecer, podrían despertar en mí el interés por aprender a leer. Y funcionó, lo recuerdo muy bien.

Recuerdo con qué atención escuché la «Sonatina» de Rubén Darío y hasta qué punto me entusiasmó. Me pareció un cuento maravilloso que me estuviera especialmente dedicado... Todas las niñas se sienten princesa y yo estaba triste, ¿cómo no tenía que estarlo si era la última de la clase? Había palabras que no había oído nunca, que no entendía: Golgonda —¿sería Golconda?—Ormuz, libélula, argentina... O tal vez por eso, porque desconocía su significado me gustaban todavía más, me parecían misteriosas. Sonaban a música y me daban alas. Alas para alejarme: Golconda, argentina, Ormuz...

Le pedí a mi padre que volviera a leer el poema. En efecto, el estímulo estaba ahí, en la «Sonatina», en las palabras que nunca había escuchado juntas y que por arte de magia, más veloces aún que el caballo con alas del príncipe, podían, sin necesidad de que tuviera que moverme de casa ni salir de mi isla, llevarme lejos, muy lejos. A partir de aquel momento puse todo mi empeño en aprender a leer y en pocos días lo conseguí.

Ese hecho tan simple, al que no solemos dar importancia, tuvo para mí muchísima. Fue, sin duda, una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Por eso me he permitido, en una ocasión tan significativa y que debo a la generosidad y benevolencia de ustedes, volver la vista atrás, hacia la lejanía de mi infancia remota para reencontrar a la niña que, a instancias de su padre —cuánto daría para que hoy estuviera aquí—, aprendió a leer gracias a los versos de Rubén Darío."


La foto la he tomado de la página El mono lector

domingo, 17 de noviembre de 2013

Miguel Rosa

Un libro y yo

Tenía 6 años y una fresca brisa de una mañana de julio me daba en la cara. Subido en un camión recorría los pocos kilómetros que separaban Dos Hermanas de Sevilla. Comenzaba el éxodo de mi familia hacia una nueva vida en busca de trabajo y de oportunidades. La cara sonriente de mis hermanos pequeños y de mi madre, las tengo aún grabadas en mi memoria.

Tan pequeño y ya llevaba un bagaje de sueños y aventuras: ¡sabía leer y escribir! Mis fantasías volaban por el Reino de Thule, donde la preciosa reina Sigrid acompañaba al Capitán Trueno, a Goliath y a Crispín contra los infieles sarracenos; El Jabato, Taurus y Fideo se embarcaban en busca de la bella Claudia; Roberto Alcázar y Pedrín luchando contra todo tipo de criminales; las locuras del TBO y el DDT, Rompetechos, las hermanas Gilda, los inventos del doctor Franz de Copenhague, la 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape; las Hazañas Bélicas; El Guerrero del Antifaz; Mortadelo y Filemón; los desafíos de pistoleros del oeste y el colorido de los indios, Jerónimo y  los comanches...

En el taller de costura de mi abuelo, las mujeres, mi madre y mis tías, se afanaban en terminar las hombreras, planchar pantalones, pasar hilvanes ... mientras yo leía sentado en un alfeizar de la ventana que daba a la calle todo lo que caía en mis manos, ¡hasta las revistas del Selecciones Reader's Digest!

Mis padres solo conocían las primeras letras y se pasaban todo el día trabajando, mi madre en la sastrería, mi padre en la obra. Entonces, ¿quién me enseñó a leer? Me estrené con 5 años en el Colegio de la Compasión. Recuerdo vagamente como a la madre Sor Emilia no le gustaba que hiciera las tareas con la mano izquierda y, en cambio, la Madre Blanca no me decía nada. Fueron estas dos monjas las encargadas de iniciarme en la lectura y la escritura. No tengo demasiados recuerdos ya que era muy pequeño, pero mis pensamientos se trasladan al patio de recreo donde cogíamos “vinagretas” para chuparlas y sacar su sabor agrio y fuerte, al moral de moras negras que nos ponía el babi blanco manchado como si fuera tinta, a la leche en polvo de media mañana y, especialmente, a la campana, muy tenue, que nos decía que ya era hora de volver a casa, de coger a mi hermano Tomás de la mano, de ponernos la caperuza de color azul y el abrigo de confección hecho en el taller, de correr con nuestros pantalónes cortos y las piernas al aire llenando la calle de gritos con nuestras caras de felicidad.

Miguel Rosa
Maestro 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Luis Carlos Díaz



Hay gente que recuerda con detalle cómo y cuándo aprendió a leer. Gente que tiene recuerdos nítidos, precisos e incluso minuciosos de los silabarios que emplearon en la escuela, de los maestros o familiares que los enseñaron a deletrear, de los compañeros con los que compartieron esos momentos... Confieso que me sorprenden y me asombran este tipo de personas, seguramente porque yo no soy una de ellas. De cuando era chico y analfabeto, recuerdo tan sólo que miraba los tebeos que había por casa imaginando las historias que contaban los dibujos: el mundo era todo mío, y lo creaba y recreaba a cada instante. La historieta podía ser la misma, pero tenía comienzos y finales diferentes según dictase mi fantasía. Hasta que, de repente, comencé a entender lo que decían las palabras. Si me costó mucho o poco tal hazaña, es algo que no recuerdo en absoluto, pero lo cierto es que más que alegrarme por tan enorme logro para un niño, creo que sentí entonces la decepción de perder parte de mi independencia: las historias de aquellos tebeos ya no eran las que mi imaginación había creado; las palabras que leía ya no eran las que yo habría empleado; los detalles los contaban ahora otros, que tenían, además, el poder de entrometerse en mi mundo, hasta entonces tan personal, único e inaccesible.

¿Mereció la pena dejar de ser analfabeto? Pasados los años, reconozco que algunos de los libros que he leído me resarcieron de la enorme pérdida de intimidad que me supuso aprender a leer. Varios de ellos incluso me congraciaron por momentos con el género humano, aunque lo cierto es que sólo algunos, muy pocos en realidad, valieron verdaderamente la pena: sólo unos pocos lograron hacerme volar lejos. Ya sé que puede sonar raro en boca de un filólogo, pero confieso que buena parte de lo que he leído ha sido un lastre o un incordio. No me malinterpreten, ya digo que me alegro de no haber sido analfabeto, pero en términos generales la lectura me ha dado más sinsabores que alegrías. Por cada verbo preciso, por cada frase certera, por cada verso sentido, he leído demasiadas líneas vanas, pretenciosas o ridículas. Y si no temo cometer ahora el mismo fallo que critico, es porque lo que escribo me lo digo principalmente a mí, perdonen la impertinencia. Leer y escribir son actos solitarios, pero sólo al escribir se es a la vez dueño y destinatario de lo que uno piensa. Esa es, en mi opinión, la principal diferencia entre una cosa y otra. De entre estas dos actividades, prefiero sin dudarlo la segunda. La escritura, en definitiva, lo acaba compensado todo.

No sé, pues, ni cómo ni cuándo aprendí a leer, y lo cierto es que esta ausencia de memoria me resulta la cosa más natural del mundo. De hecho, tampoco me acuerdo de cuándo dije la primera palabra, ni de cuándo me vestí solo por primera vez, ni de cuándo me até los cordones de los zapatos sin ayuda. Y si recuerdo cuándo di mi primer beso de amor, es porque me obligué a guardar aquella tardenoche en la memoria: esto no puedes olvidarlo, me dije entonces. Quizás si no hubiera leído en algún sitio que momentos así debían retenerse para siempre, habría hecho lo más sensato: olvidar también aquel instante. Lo maravilloso de escribir, de amar o de vivir es hacer todo ello como si el tiempo pasado no existiera. Ya ven, yo opino que lo que uno cree atesorar en la memoria no es más que la constatación de haber perdido la imaginación o la inocencia; y a eso todavía me resisto... con mi vieja pluma y una humilde hoja de papel.


Luis Carlos  Díaz
Lingüista

lunes, 11 de noviembre de 2013

Javier Dávila

taxi "cocodrilo"

Ahora que me puse a hacer memoria, veo que no sé cómo aprendí a leer; lo que sé es que después de una temporada de dolor, leía. En mi infancia hay un antes y un después marcados por el dolor y por la capacidad de leer. Sin embargo, no asocio la lectura con el dolor, sino con la existencia y sus vicisitudes.

De niño tuve malos dientes; incluso mis dientes de leche eran malos y requirieron la intervención del dentista. Mi madre me llevó una y otra vez a un consultorio en el centro de la ciudad de México, trepados en unos horribles taxis pintados en dos tonos intensos, negro y verde, separados por una zigzagueante franja blanca, los cuales la gente había bautizado como “cocodrilos”. Mi madre y yo en un cocodrilo, epítome de la buena dentadura, de camino al suplicio del dentista. Lógicamente, yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que mi madre era una muchacha inexperta y asustada, con su primer hijo vivo después de dos embarazos perdidos. Escudriño en mis recuerdos y no logro determinar si ella me enseñó a leer. Recuerdo, eso sí, las revistas ilustradas con que trataba de distraerme. Recuerdo a mi favorito, el Llanero Solitario, y en segundo lugar a Supermán, con el pelo azul de tan negro, como el de mi madre.

La tortura del dentista. A la lejanía del consultorio había que sumar las horas en la sala de espera que desembocaban en el sillón de los tormentos, rodeado del instrumental alevoso que maltrataba mis cinco años. En esos meses lentos aprendí a leer. Recuerdo el efecto que ejercían sobre mi ánimo esas lecturas. Recuerdo el sentimiento de realidad de lo leído, de otra realidad superpuesta que le sumaba una dimensión a la realidad ordinaria. En cambio, no tengo ningún recuerdo de la vuelta a casa. Mi memoria es como una película que se repite con ligeras variaciones y se termina de súbito con la pérdida definitiva y dolorosa de algún diente, nervio o colgajo, como unas viejas series de televisión, “Suspenso Chocomilk”, que tanto me gustaban y que terminaban increíblemente con la muerte del protagonista: el Llanero abaleado a mansalva detrás de una gran roca, Supermán encerrado con un saquito de kriptonita y Batman, inconsciente, arrojado dentro un cajón al foso de los cocodrilos, les digo que todo se repite.

De camino al dentista en un cocodrilo, cierto día chocamos. Antes de que se generalizaran los semáforos, en diversos cruceros se levantaban zócalos desde donde un policía dirigía el tránsito (en México los llamaban “tamarindos”, por el color de su uniforme –iba a escribir “disfraz”) y contra uno de esos pedestales nos dimos de frente. Enfrascado en mi lectura, no tuve tiempo de precaverme y me golpeé malamente la cabeza contra el respaldo del asiento delantero: otro dolor por culpa de los dientes. El chofer bajó de pésimo humor a revisar su cocodrilo y sin preguntarnos si estábamos bien, reanudó la marcha, olvidado también del tamarindo, al que no pude ver nunca, espero que no haya quedado por ahí tirado en el pavimento.

Todavía hay más sangre. Por esa misma época, como buen chico, pasé por una hemorragia nasal incontrolable. Mi madre, de nueva cuenta, tuvo que lidiar con la situación. El hospital al que llegamos, que era el que nos correspondía por el seguro médico de mi padre, estaba sobrepasado por el accidente de algún autobús y fui internado en una cama de la sala general femenina. Junto a mí, en la mesita habitual, una tía me dejó una pila de libros de cuentos ilustrados que devoré con la nariz taponada por muchos centímetros de tela de gasa. Un poco más lejos, en la cama contigua, se tendía una niña de mi edad, aquejada de un mal desconocido para mí. Nos veíamos de soslayo sin saber decirnos nada, hasta que me autorizaron a levantarme y mi madre, pensando en lo aburrido que estaría, me instaló al lado de ella para que le leyera mis libros. Eso lo recuerdo bien: mi temblor íntimo al leer por primera vez para alguien más, para esa niña palidísima, callada y de ojos enormes que alternaban entre el libro y el lector. Percibí estremecido una que llamaré “admiración natural”: me sentí admirado y, al mismo tiempo, tuve la certeza de que para ella lo normal era que le leyera un libro mientras yacía en su lecho de enferma.

Me dieron de alta uno o dos días después. Mi madre, protagonista de estos recuerdos, como puede verse, me sugirió que le dejara a mi vecina los libros ilustrados. Me escurrí tras las cortinas que separaban las camas y vi algo que no debí ver, un “procedimiento médico”, para usar el eufemismo acostumbrado. Ella estaba anestesiada y no se percató de mi visita. Dejé los libros donde pude y escapé: me tocaba ser el pálido de los ojos muy abiertos. Espero que me haya perdonado.

Aunque me siento joven, confieso que han pasado los años. En mi ciudad ya no hay cocodrilos ni tamarindos; por lo demás, tampoco tengo dientes ni mucho menos puedo preguntarle a mi madre si fue ella la que me enseñó a leer. Tal vez sí; quizá siempre creyó que yo no lo había olvidado y por eso jamás lo comentamos al paso de las décadas. Tampoco hablamos de la niña aquella, supongo que se le habrá borrado de la cabeza. Si sobrevivió, es ahora una mujer de cincuenta y tantos. Se casó, tiene hijos y quizá incluso algún nieto precoz. Ojalá que pudiera escribir su propia historia y que yo figurara ahí, el dueño del misterio de los signos sobre el papel y del dolor y de la vida.

Javier Dávila
Profesor y traductor 


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Sánchez Martos

Con el babi escolar y un libro en la mano: más auténtico imposible

Mi infancia son recuerdos...

de las tardes de verano, a la sombra de la higuera, con mi abuelo mientras sesteaban las ovejas y las cabras. ¡Cuánto ratos con él y cuánto aprendí! Contándome historias de la familia, del barrio, de cuando iba segando de pueblo en pueblo para poder vivir, de sus historias de la guerra, de lo seco que estaba el maíz y que había que regarlo, de que aquella oveja estaba para parir…

Mi abuelo me leía los romances que, a cambio de zapatos y ropa vieja, iban dando los traperos por las casas y cortijos, romances que yo aprendía de memoria y que mi abuelo, pacientemente, escuchaba una y otra vez aparentando su sorpresa por el desenlace de la historia. Tal vez fueron esos romances los que despertaron en mí un interés casi obsesivo por aprender a leer lo que ponían aquellas hojas sepia que con tanto cariño él guardaba. Interés que me ocasionó una buena llantina ya que mi madre me “calentó el culo” porque no tuve mejor idea una mañana que escaparme de mi casa para ir a la escuela con el consiguiente susto que se llevó. La solución fue que, por la tarde y ya con mi madre, volví a la escuela “con la silla”, algo habitual en aquellos tiempos en los que en la escuela había mesas pero no sillas, y desde entonces apenas he salido de ella.

La lectura de los romances y de la cartilla la hacía con mi padre cuando volvía de trabajar en el campo en las largas veladas de invierno al calor de la lumbre: mi madre cosiendo o bordando, mi padre haciendo trabajos de esparto y yo leyendo casi cualquier cosa que caía en mis manos. Curiosamente mi padre, y no mi madre, fue quien me enseñó a leer, al igual que mis hijos que también aprendieron con él (siendo mi mujer y yo maestros). Mi padre, que con paciencia infinita nos iba corrigiendo, repitiendo, escuchando mil y una veces los cuentos que le leíamos.

El primer libro entero que yo recuerde haber leído fue “Robinson Crusoe” y eso de leer una historia completa (tendría seis o siete años) me impactó, hasta el punto que no sé cuántas veces lo habré leído; pero cada vez que lo hago se agolpan una espiral de recuerdos, de sensaciones, de olores y sabores que hacen de su lectura mucho más que la un simple libro. Lástima que se extraviara el ejemplar original que, por mucho que lo he buscado en casa de los abuelos, no he conseguido dar con él.  Le tenía un cariño especial.

Juan Sánchez Martos
Maestro

Mario Vargas Llosa

 
De niño junto a su madre Dora
 
Mario Vargas Llosa  (Arequipa, 28 de marzo de 1936) es un escritor peruano, que desde 1993 cuenta también con la nacionalidad española. Es uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, su obra ha cosechado numerosos premios, entre los que destacan el Príncipe de Asturias de las Letras 1986 y el Nobel de Literatura 2010 —este último otorgado «por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota»—; el Cervantes (1994), el Planeta (1993), el Biblioteca Breve (1963), el Rómulo Gallegos (1967), entre otros.

En su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura hizo una hermosa referencia a cómo aprendió a leer. 

"Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventura"
  
La foto la he tomado de la página Público.es

martes, 5 de noviembre de 2013

Antonio González

Fotografía de onio72 bajo CC BY.


- Antonio, ¡no te bajes del umbral!
- No, abuela.
Un niño de unos cuatro años mira como el director del colegio cierra la cancela. Puede ser septiembre y algo más de las nueve. La cancela es verde y mucho más pequeña que las tapias del colegio. Es como si alguien hubiera querido proteger la escuela de algún mal, pero no hubiera tenido presupuesto para colocar una cancela acorde a las nuevas tapias.
La abuela Dolores, que sabe de las ganas de su nieto por descubrir lo que se encierra en la escuela, lo mira desde su hamaca, y se sonríe mientras remienda de memoria unos calcetines. Antonio con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón corto con tirantas, mira fijamente el ritual de cada día. Don Francisco, con la cabeza gacha y aire cansado, flanquea con dos pasos cortos la puerta, primero cierra una hoja de la cancela, luego la otra y finalmente se agacha para echar el cerrojo. Un gemido metálico pone fin al sueño de Antonio. Don Francisco, con la vista perdida, se pierde de la de nuestro infante mientras la algarabía se va extinguiendo dando paso al orden y concierto de los dictados. Antonio, todavía sin moverse del umbral, levanta un poco la cabeza y aguanta la mirada al señor de bigotitos que lo mira sin pestañear desde un azulejo en la fachada. Es el dueño de este y de todos los colegios, le dijo la abuela hace tiempo, y se llama como el director. Antonio se sacude la mirada congelada del señor importante y de un respingo, se gira y corre hacia el comedor. A los pies de su abuela lo espera una sillita de aneas.
- Abuela, ¿por qué yo no puedo entrar en la escuela?
- Porque eres muy pequeño todavía, le explica en un tono cansino.
- Yo no soy pequeño, yo quiero entrar en la escuela, replica Antonio mientras ensilla a un vaquero de plástico azul eléctrico en un caballo negro demasiado pequeño.
A fuerzas de observar cada día el mismo ritual, ese mismo curso Antonio se hace amigo del director. Un día la insistencia del pequeño se ve recompensada con una visita al despacho de Don Francisco. Allí hay muchas cosas: libros, papeles, carpetas de colores, tijeras, sellos y sobres, una máquina de escribir y hasta unos pasos de Semana Santa en miniatura. En una esquina de la mesa del despacho, el objeto más deseado por todos los niños: la campana. Antonio no quiere tocarla como ansía el resto. Después de la campana todo el mundo sale corriendo y la escuela se queda vacía.
- Don Francisco, ¿el año que viene puedo entrar ya en la escuela?, pregunta Antonio mientras garabatea en un papel sucio sentado en el filo de la silla de las visitas y alzando los hombros en una postura imposible.
- No Antonio, el siguiente.
- ¿De verdad?
- De verdad de la buena.
Los dos años pasaron a fuerza de decenas de preguntas sin respuesta, a base de cientos de leches migadas, después de miles de carreras tras los gatos de la abuela y de incontables donaciones de rodilla al cemento de la acera. Pero el día llegó y Antonio cruzó la cancela verde con su carpeta a la espalda, y pasó de largo por delante de la puerta del despacho de Don Francisco. Hoy ya no viene de visita, hoy viene para quedarse hasta que algún niño afortunado toque la campana. Los olores del colegio ya le eran familiares pero ahora puede llegar hasta donde nunca había llegado, hasta cualquier rincón de la escuela. La abuela ya se volvía de espaldas al colegio cuando el pequeño la busca con la mirada. Ella a su vez se busca con la mano derecha la toca negra del hombro por el que siempre se le escurre, el zurdo. Una clase, una mesa, una silla, un lugar en el mundo.
Un tiempo después, no es nada fácil cuantificar en los cajones antiguos de la memoria, Antonio ya hojea su cartilla Palau. Doña Pilar, una maestra mayor y enlutada, le enseña a leer. La a de araña, la e de elefante, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uva... El mi mamá me mi mima le aburre. Doña Pilar anota en la esquinita de la página que Antonio sabe leer una cruz al terminar la ansiada sesión de lectura diaria. Un día, una página, una marca de grafito. Pero Doña Pilar no viene desde hace unos días a clase. La ausencia de la maestra se traduce en más aburrimiento y la ansiedad por avanzar le hace pergeñar un plan infalible. Pondrá una cruz en la página de la ga, gue, gui, go, gu y así podremos pasar directamente a la siguiente. Doña Esperanza viene un rato a dar de leer y no se dará ni cuenta. Así es. Al día siguiente tres cruces torpemente escritas delatan al pícaro aprendiz de lector.
- Antonio, ¿seguro que esta página ya la hemos leído?
- Claro señorita, mira la cruz.
- Bueno, venga. Entonces, ¿cuál te toca hoy?
- La xa-xe-xi-xo-xu.
Maestra y alumno se sonríen. Ella tranquila, el nervioso porque se la juega. Teme haber sido demasiado atrevido. Teme no ser capaz de leer esta hoja tan difícil y tener que repetirla mañana. Cuando la termina, suspira y una felicidad enorme le inunda su cuerpecillo. Ya no queda casi nada. Antes de que llegue el verano estrenará otra cartilla, la de los mayores.
Años más tarde, en una de esas visitas a Puente y Pellón en busca de ropa a crédito de un ditero, Antonio y su madre se cruzan con una señora enlutada. Antonio la reconoce por su perfume y le tira a su madre de la mano.
- ¿Qué quieres, miarma?
- Es la señorita Pilar.
- ¿Seguro?
- Claro mamá.
Hoy, tres décadas después puedo afirmarlo como maestro que soy: el olor de quien te enseña a leer, nunca se olvida.

Antonio González García 
Profesor de Física y Química


Jordi Minguell




A los seis años, cuando comencé a ir a la escuela obligatoria, sabía leer un texto fácil en castellano. Había aprendido aquel arte en la escuela de párvulos de mi pequeño lugar catalán, donde nadie hablaba nunca en castellano. A tan tierna edad yo, como todos mis compañeros, ya era diglósico.

Sabía leer, pero, por "falta de uso", no entendía el significado de muchas de las palabras castellanas que leía. A la fuerza iba a tener que aprender yo el significado del castellano si no quería quedarme rezagado en la escuela, sobre todo al comenzar el bachillerato. No recuerdo haber oído quejas por la situación de diglosia en la que chicos y mayores vivíamos. Esto no significa, en modo alguno, que no las hubiera.

La maestra de mi escuela de párvulos era una dulcísima señora de cabellos blancos que nunca alzaba la voz. Nos enseñó a leer en castellano dándonos las instrucciones en catalán. Aquella maestra, que debía de conocer la obra de María Montessori, nos hacía jugar, sentados en el suelo, con un rompecabezas-silabario. Si no recuerdo mal, había piezas con letras sencillas y con sílabas. No recuerdo en modo alguno qué procedimiento seguía la maestra para enseñaros a asociar las sílabas escritas con sus correspondientes sonidos en el habla y a asociar estos sonidos con sus correspondientes referentes materiales o conceptuales, casi siempre desconocidos para nosotros por pertenecer a una lengua que no conocíamos. Acaso tradujera en catalán las palabras castellanas que no podíamos entender.

Sé ciertamente que también usábamos un silabario con dibujos. Debía de ser una obra antigua, acaso de comienzos del siglo XX, porque los dibujos eran grabados pobretones en blanco y negro. Y sé que usábamos este silabario porque la maestra ponía a los más adelantados en la lectura a "enseñar" en un pupitre de dos plazas a los menos avispados.

Me viene ahora a la mente una de esas sesiones de enseñanza. La maestra me había puesto de "maestro" a un compañero que no conseguía pronunciar el sonido representado por la "r" sencilla entre vocales. Estábamos en una página con un "faro" y un "toro". El compañero repetía, impertérrito, "fado" y "todo". Y yo, tozudito que soy, dale que dale, le repetía "faro" y "toro". Se cansaba y me cansaba. Me parece que al final le dije "faro, fado" y "toro, todo" y que él me espetó (en catalán): "¿Por qué repites las palabras?" [Nota: puede que lo contado en estos últimos renglones sea fruto de un recuerdo inventado involuntariamente].

Jordi Minguell 
Periodista jubilado y maestro en sueños.


lunes, 4 de noviembre de 2013

Pepa Bermudo


       Pepita, casa, gato, papá

Mi padre siempre guardaba un trozo de papel en el bolsillo de la chaqueta. Podía ser un pedazo de sobre usado o media cuartilla. Jamás desperdiciaba un hoja que pudiera volver a ser utilizada. Con su letra inglesa de cuidada caligrafía, dibujaba palabras de tinta azul. Después de la cena o tras un paseo por el campo sacaba un papelito y me enseñaba a descifrarlas.

En las tardes de verano, tumbado en una manta sobre el frío suelo, dibujaba en el aire palabras que yo jugaba a adivinar. Aunque él fue mi primer maestro, no pisó una escuela hasta después de cumplir los setenta años. Aprendió a leer gracias a su propio padre, mi abuelo Miguel, al que no conocí. Mientras cuidaban las cabras, le escribía las letras y las palabras con un lápiz sobre un papel de estraza gris en el que mi abuela había envuelto los mandados. Cuando no tenían papel ni lápiz, utilizaban un atadillo de hierbas y las piedras del campo.

Se aficionó tanto a la lectura que las cuadrillas de jornaleros lo aupaban para que les leyera las noticias de El Liberal. Las hojas del periódico eran tan grandes que ocultaban a aquel chiquillo tan pequeño. Siendo un muchacho, aprovechaba los descansos en el tajo para estudiar. Mientras los demás fumaban o sesteaban bajo un olivo, él se dedicaba a sus libros: álgebra, aritmética, geografía y la ortografía de Luis Miranda Podadera, que solía citar. Por las noches acudía a los cortijos donde lo requerían para redactar cartas o enseñar a leer y escribir a la chiquillería.

”El saber no ocupa lugar” era una de sus sentencias favoritas.

Lo recuerdo con claridad, sentado a la mesa, afilando el lápiz con una navaja, sosteniendo mi mano que garabatea sus primeras palabras:

             Pepita, casa, gato, papá
Pepa Bermudo Bejarano 
Maestra


domingo, 3 de noviembre de 2013

Paulo Freire



 Paulo Freire (Recife, Pernambuco, 19 de septiembre de 1921-São Paulo, 2 de mayo de 1997) fue uno de los mayores y más significativos pedagogos del siglo XX. Con su principio del diálogo, enseñó un nuevo camino para la relación entre profesores y alumnos. Fue el pedagogo de los oprimidos y en su trabajo transmitió la pedagogía de la esperanza. Influyó en las nuevas ideas liberadoras en América Latina y en la teología de la liberación, en las renovaciones pedagógicas europeas y africanas, y su figura es referente constante en la política liberadora y en educación.

En su libro "La importancia del acto de leer" hace una referencia a cómo aprendió a leer.

"Yo aprendí a leer y escribir en el patio trasero de mi casa, a la sombra de los árboles de mango, con las palabras de mi realidad, más que con las de la realidad más amplia de mis padres. Mi pizarra fue el suelo, y utilicé palos como tizas."



viernes, 1 de noviembre de 2013

Patricia Pugliese

A la edad en la que aprendí a leer

La lectura fue una forma de calmar a una niña revoltosa, y me abrió las puertas al mundo de la imaginación.

Cuando tenía solo 4 años, una tía lejana, con quien compartía gran parte del día, decidió enseñarme. Al parecer yo era muy curiosa y siempre le preguntaba, al verla leer a ella, “¿Qué dice acá? ¿Y acá? ¿Y allá?”. Agotada por mis constantes interrupciones, resolvió sentarme al atardecer en un banquito con el diario de la tarde recién llegado (¡elemento poco didáctico como pocos!).

Primero me enseñó las letras y el abecedario de memoria (¡ufffff!), después me enseñó a unir consonante con vocal... y a la semana me tenía leyéndole los titulares. Pocos días más y fui su lectora oficial de las tardes, mientras ella planchaba.

A partir de ese momento, cuando en casa no me encontraban, mi madre me buscaba en algún rincón, donde estaba yo con cualquier papel que tuviera algo escrito. “Debe andar por allí, leyendo”, era la frase normal al hablar de mi personita. 

Para esa tía lejana: todo mi agradecimiento.

Patricia Pugliese
Docente y traductora

Eduardo Kragelund


Josefa Aliano de Vetrano: mi querida abuela

 A mí me enseñó a leer mi abuela. Seguramente fue en verano. Porque recuerdo que ella, gorda y hermosa, solía sentarse a leer el diario en el patio, donde corría un poco de aire, en la casa de Villa del Parque, un barrio de Buenos Aires que en aquel entonces –mediados de los 50- era un típico suburbio de la gran capital.

Yo siempre andaba cerca de ella, correteando, jugando, preguntando cualquier cosa o mirando cómo cocinaba. Pero algo que me gustaba mucho era cuando abría ese diario grande –el viejo diario La Prensa- y se ponía a leer. Cualquiera diría que se trataba de una premonición, ya que terminé siendo periodista. Pero en ese momento me faltaba un año para entrar a la escuela primaria (tenía cinco años) y obviamente no tenía ni idea de lo que quería hacer de mi vida.

Simplemente me atraía eso: mi abuela abriendo sus brazos rollizos para desplegar grandes hojas de papel donde destacaban unas letras grandes, arriba de fotos en blanco y negro, y luego columnas de “hormiguitas” que parecían serpentear entre títulos y fotos más chicas.

A ella le encantaba que me apoyara contra su brazo derecho y le pusiera la cabeza en el hombro, mirando el diario como si realmente lo estuviera leyendo. Así que un día me preguntó si me gustaba el diario y yo le dije que sí. Bueno, me respondió, entonces tenés que aprender a leerlo.

Al principio, yo le preguntaba: “¿qué dice ahí?”, señalando con mi pequeña mano y mis dedos gordos, como de pichón de carnicero. “Y aquí, ¿qué dice?”, seguía. Y ella, con una paciencia de abuela, me los leía y se reía divertida al ver mis caras de “¿y eso con qué se come?”. Así que su trabajo era doble. Primero me leía y luego me tenía que explicar qué quería decir. Pero entre explicación y explicación, me iba diciendo otras cosas. Lo que más recuerdo fue cuando entendí la palabra título. Estos que son grandes, son los títulos, me dijo. Y estas, las más chiquitas (ahí fue cuando le pregunté “¿las que son como hormiguitas?”) son las que sirven para explicarte los títulos.

Supongo que fue esa noche cuando me acosté pensando en títulos y “hormiguitas”. Y me dormí sintiéndome grande, imaginándome sentado en el mismo sillón que usaba mi abuela y aprovechando el fresco del patio para leer el diario. Tan entretenido estaba con aquello de los títulos –me encantaban, cuanto más grandes, más me gustaban; o sea, tendencia amarillista desde chiquito- que no me di cuenta cuando entendí que lo que había entre un espacio y otro era una palabra o cuando me empezó a enseñar las letras y a juntarlas. Recuerdo, sí, cómo aprendí la i. ¿Ves este flaquito, delgadito?, ¿sabés cómo se llama? i. Y yo repetía i, i, i, como si fuera un chiste. Y este señor también flaquito, pero con un sombrero, cómo se llama, me preguntaba. Te, decía ella. Y yo volvía a repetir. Me encantaría acordarme cada una de las descripciones que hacía de las letras. La o era la boca de una señora que decía ohhhhhhhh, la e era una carita, la j un ganchito, la m una montañita. Y cada descripción me lo acompañaba con un gesto de la cara o la mano.

Cuánto duró esto no lo sé. Porque después, cuando ya había dejado el diario y estaba cocinando y yo la miraba o la “ayudaba” alcanzándole una papa o una cuchara grande de madera, ella volvía a la carga. ¿Cómo se llama la señora de la boca grande? Y yo decía Ooooooo. ¿Y las montañitas? Emmme.

Mi papá, que era maestro y le apasionaba la enseñanza, no decía una palabra. Miraba a mi abuela, que francamente ignoro si había terminado la primaria, me miraba a mí y con una sonrisa cálida se borraba rápidamente de la escena como para no interrumpir.

No faltó mucho para que ella abriera el diario y yo “adivinara” (ella me decía eso, que adivinara) las letras que contenía un titular y luego comenzara a unirlas. A ver, Nene, me decía, cómo se dice si junto la viborita (la s) y el flaquito. Y yo gritaba, siiiiiiiii, loco de alegría porque sabía que había adivinado.

¿Cuánto tardé en aprender a leer? No tengo idea. Lo único que recuerdo bien es que un buen día, al mediodía, cuando todos estábamos sentados a la mesa, mi abuela, después de servir esas milanesas maravillosas que hacía, se acercó a mí y abrazándome anunció a toda la familia: “el Nene ya sabe leer”.

Eduardo Kragelund
Periodista