domingo, 21 de septiembre de 2014

Antonio Darriba Pinilla



Yo aprendí a leer con arañas, elefantes, iglesias, ojos y uvas de la cartilla Palau. Ni muy pronto, ni muy tarde: nunca fui de los que destacó académicamente hablando. Y además reconozco que leer me aburrió muchísimo, salvo los tebeos, hasta los catorce años cumplidos.
Mi primer libro inacabado es de cuando cursaba quinto de EGB, y se titulaba “Nube de Noviembre”. Algún día lo buscaré y me enfrentaré a él. Pero es cierto que en parte a él le hago responsable de mi animadversión a las lecturas escolares. ¿Por qué no había libros divertidos en el colegio? ¿Por qué eran todos tan soberanamente aburridos? Curiosamente, o quizás por eso mismo, me entró el gusanillo por la escritura. En sexto de EGB escribí mi primera obra de teatro y se la enseñé a mi profesor de lengua, Don Dimas. Se la dí para que la leyera y me diera su opinión. Y él se lo tomó en serio: fue una crítica atroz. Escribió con bolígrafo rojo los distintos aspectos que consideraba oportunos: “Estructura: mal”, “Argumento: mal”, “Personajes: mal”… Pero hubo una sorpresa: “Humor: muy bien”. Y aquello me hizo pensar que iba en el buen camino. Si había hecho sonreír a mi profesor de lengua, ya sólo era cuestión de mejorar el estilo.
Además, me explicó lo que para mí fue la revelación más importante que debe conocer cualquiera que quiera contar historias, y es que éstas han de tener una presentación, un nudo, y un desenlace. Después de aquello, estuve completamente convencido de que la literatura había dejado de tener secretos para mí. Estaba chupado.
Pero volvamos al tema que nos ocupa, que en el fondo no es otro que el amor a la lectura. Ciertamente las cosas no pintaban bien para que entre los libros y yo surgiera el amor. Me resultaba mucho más entretenido y divertido lo que yo escribía que lo que me obligaban a leer. En el instituto celebraban mis redacciones en la clase de lengua, más que cualquier otro texto (quizás tuviera algo que ver el hecho de que pusiera a mis compañeros de protagonistas de las distintas historias que cada semana llevaba escritas a clase). Esto, en definitiva, sólo me reafirmaba en el convencimiento de que era mejor lo que yo escribía, al menos mucho más divertido y entretenido, que lo que escribieran otros, por muy famosos que fueran y por mucho que mi libro de texto hablase de ellos.
La literatura lloraba desconsolada y silenciosa oculta tras una esquina, abandonada por mí (quizás esto resulte un poco prepotente, e incluso repelente, pero la imagen es chula). Si humanizara a la literatura, para mí sería una mujer madura, de figura estilizada, vestida con un velo y túnica vaporosas, con largas mangas, con el cabello largo y de color gris, completamente lacio, y unos ojos de color azul claro muy intensos. Puestos a imaginar…
Bueno, intentaré de nuevo regresar al tema que nos ocupa. Había una serie de cuestiones que eran inamovibles en mi convencimiento adolescente. A saber: si duermes, descansas; si estudias, aprendes; si comes, engordas; si haces ejercicio, te fortaleces; y si lees, te aburres. Eso era así. Ya está.
Y un día, doña Teresa, mi profesora de lengua y literatura de primero de BUP, de la que no estaba enamorado, pero que sí me sirvió de inspiración para algunos “momentos de recogimiento” propios de la edad, nos mandó un nuevo libro para leer: “El pájaro Burlón”, de Gerald Durrell. Un libro que, por cierto, a día de hoy es casi imposible de encontrar en ningún sitio. Lo cogí con el mismo entusiasmo con el que cada día me levanto a las seis de la mañana (ninguno, por si no ha quedado claro), mientras la literatura se asomaba por la esquina tras la que se había escondido antes y me observaba, sin yo saberlo, con el esbozo de una sonrisa pícara en su cara.
Aquella novela me conquistó, me divirtió muchísimo, me enganchó. Me demostró hasta qué punto estaba equivocado en todas mis reflexiones sobre la escritura y la literatura: ni yo era tan bueno, ni leer tenía que ser aburrido. Probablemente no es la mejor novela que he leído (bueno, seguro que no), ni la peor, pero fue la primera, y eso es algo que sólo puedo compartir con ella. Igual que no se olvida el primer beso, estoy convencido de que el primer libro que de verdad te “hace sentir” tampoco se olvida. Yo no lo he olvidado después de treinta años, ni creo que lo haga en lo que me reste de vida. A fin de cuentas le debo mi amor a la lectura. No es una cuestión baladí.

Antonio Darriba Pinilla.
Aprendiz de escribidor. 



lunes, 15 de septiembre de 2014

Patricia Rodríguez Huertas


Sinceramente, yo no recuerdo ese momento preciso en el que supe que la ‘m’ con la ‘a’ decía ‘ma’ y que si juntabas un ‘ma’ a otro ‘ma’ construías una de las palabras que más saldría de mi boca el resto de mi vida.

Tengo vagos recuerdos, como la mayoría de la gente de mi generación, de aquellos cuadernillos Rubio en los que escribías letras por puntos y que siempre, siempre, acababan siendo las últimas más grandes que las primeras.

Pero mi memoria guarda algunos momentos que, para mí, hoy en día, son los que marcaron mi vida como lectora. Puedo decir que, a raíz de esos momentos, yo aprendí a leer.

A los seis años mi madre decidió prepararse unas oposiciones para la administración pública. Se encerraba día tras días, noche tras noche, en el salón de nuestra casa y recitaba una y otra vez los millones de temas que debía aprenderse para optar a aquella plaza. Mi abuela nos recogía del colegio porque ella estaba estudiando; nos daba la merienda en el parque porque ella seguía estudiando y, en muchas ocasiones, mi padre era el que hacía la cena porque ella continuaba encerrada en el salón apuntes en mano. No se podía hablar fuerte en casa, ni armar jaleo, ni correr por el pasillo, ni nada de lo que solíamos hacer mi hermano y yo por aquel entonces. A veces, cuando nos quedábamos escuchando qué decía, no entendíamos absolutamente nada y, muy despacio, para que no se diera cuenta, abríamos la puerta y mirábamos como leía. Cierto era que la única tele que había en casa estaba donde ella estudiaba y lo que pretendíamos era que ella nos dejara verla, aunque fuera flojito.

Pero yo recuerdo que leía y leía, y leía tanto que la veíamos cerrar los ojos y leer sin ver en el papel.

Aprobó la oposición y lo celebramos por todo lo alto, desde luego, pero a pesar de que ya tenía lo que quería fui consciente de que mi madre nunca dejaba de leer. Y es que ella era, es y será siempre, una ‘devoralibros’.

Unos años después cambiamos de casa. Las primeras Navidades allí, Papá Noel le trajo a mi hermano la colección de cómics de Astérix y Obélix y Mortadelo y Filemón. Era unos doce libros enormes, encuadernados, unos en azul y otros en naranja, que contenían cinco historias cada uno. Mi madre le permitía que se leyera una historia antes de irse a dormir y yo lo escuchaba
desternillarse de la risa noche tras noche. Y me picó la mosca de la curiosidad.

Mi madre leía, mi hermano leía, ¡hasta mi abuela leía todos los días cuando venía de vacaciones!

Devoré la colección de cómics en un abrir y cerrar de ojos. Había palabras que no entendía y mi madre me hacía buscarlas en la enciclopedia, lo cual me daba mucha rabia porque interrumpía mi lectura y me dejaba sin tiempo para acabar la historia. Más tarde tuve que agradecerle que me inculcara esa costumbre pues comprendí que leer no es juntar una palabra con otra. Leer es sentir lo que está escrito como si te estuviera pasando a ti. Y para eso hay que desentrañar el significado de las palabras.

Después de los cómics, mi madre, que había trabajado un montón de años en Círculo de Lectores –eso me hizo entender por qué tiene esa fijación con los libros– me recordó que teníamos la colección completa de obras de Julio Verne, y allá que fui yo a dar ‘La vuelta al mundo en 80 días’, a volar ‘De la Tierra a la Luna’ o a realizar el maravilloso ‘Viaje al centro de la Tierra’.

Pero hay algunos libros que marcaron las diferentes etapas de mi vida, y es a esos libros a los que les debo cierto respeto. Recuerdo con especial cariño a ‘Fray Perico y su borrico’, de Juan Muñoz Martín, de mi época de E.G.B. Más tarde, en el instituto, ‘Tirant Lo Blanc’, de Joanot Martorell, y ‘El Escarabajo de Oro’, de Edgar Allan Poe, llenaron mi adolescencia. Y cuando llegué a la universidad, ‘Los renglones torcidos de Dios’, de Torcuato Luca de Tena, inclinaron la balanza y me abocaron a estudiar Psicología.

Soy una ‘devoralibros’ creada por otra ‘devoralibros’. Mi madre hizo que los libros se me metieran en el alma y se convirtieran, en las peores épocas de mi vida, en mis únicos compañeros. Habré perdido millones de horas de sueño por ese ‘un poquito más y lo dejo ya’ debajo de las sábanas y alumbrándome con una linterna minúscula. He llorado mientras leía porque lo que leía era tan intenso que me volteaba el estómago. He reído tanto con un libro en la mano que la gente ha pensado que estaba loca. He odiado a muerte personajes como William Hamleigh, en ‘Los Pilares de la Tierra’ y amado a otros como Nicolas Rockel, en ‘La Educación de un Hada’. Me he enamorado leyendo a Jane Austen, he alucinado con Katherine Neville y he vivido en la alpujarra granadina gracias a Chris Stewart. ¡Hasta me he sentido elfa, enana y hobbit antes de saber realmente lo que era cada cosa!

Hoy en día soy una lectora empedernida, adicta a cualquier lectura. He superado a mi madre con creces, o eso dice ella. Soy incapaz de dejar un libro a medias para empezar otro porque siento que ofendo a los personajes, al autor/a o al propio libro. Tengo especial predilección por la novela romántica porque soy una romántica incurable y me siento muy orgullosa de ello. Y mi adicción a la palabra escrita me ha llevado a convertirme, no solo en la que lee, sino también en la que escribe.

Patricia Rodríguez Huertas.
Técnica de Juventud.


miércoles, 3 de septiembre de 2014

José García Verdugo


No me acuerdo de cómo aprendí a leer. De lo que sí tengo un recuerdo muy vivo es de cómo enseñé a leer a cuatro personas, hace ya unos veinte años. Es una historia larga y complicada en la que participamos, entre otros, los payos, los gitanos, la chatarra, la heroína, el rey de España, la Policía Nacional y los periódicos. 

En 1994 llevaba yo ocho años flotando en un vacío legal: España tenía una ley de objeción de conciencia que nos daba el derecho de rechazar el servicio militar obligatorio por razones éticas o filosóficas, cosa que yo había hecho en 1986, cuando me tocó ir a tallarme (así se decía cuando al joven de 17 años le tocaba presentarse en el ayuntamiento para alistarse en el servicio militar). La ley de objeción era buena, pero los legisladores tardaron mucho en decidirse a aprobar un reglamento y, cuando por fin se animaron, el texto no estuvo a la altura de las circunstancias. El reglamento de la “prestación social sustitutoria del servicio militar” era pobretón y difícil de aplicar. El principal problema fue que se había diseñado para cubrir las necesidades de los cuatro gatos que objetaban al servicio militar a principios de los ochenta, mientras que en 1994, cuando España todavía andaba con la resaca de los excesos del quinto centenario, las olimpiadas y el año jacobeo, los jóvenes se habían volcado en masa hacia la objeción, precisamente porque sabían que los objetores llevábamos ocho años cruzados de brazos. Los cuatro gatos nos habíamos convertido en más de dos millones, y el reglamento no daba para tantos.

La administración se encontró ante la obligación de aplicar una norma fundamentada en la idea de que la prestación era una situación excepcional que afectaba a un puñado de jovencitos excéntricos, cuando las cifras anunciaban a gritos que el porcentaje de objetores superaría muy pronto el de aquellos que estaban dispuestos a hacer el servicio militar. El papeleo fue de pesadilla. Las instituciones encargadas de prestar el servicio social se vieron desbordadas desde el primer día y tuvieron que inventar trabajos y oficios con aroma a voluntariado social. A un amigo lo mandaron a Aranjuez con una libreta para que tomara notas del nivel del río Tajo a su paso por varios lugares. A otro lo pusieron directamente a hacer trabajo administrativo “voluntario” en la sede del gobierno autónomo de Madrid. Decenas de miles se quedaron en casa con la aquiescencia de sus supervisores. A mí me mandaron a un colegio a cuidar a los niños durante las dos horas posteriores a las clases, en la biblioteca.

Al segundo día de “trabajo”, fui a ver al administrador de mi servicio. Le dije que no iba a volver, que en la biblioteca de ese colegio ya había gente cuidando a los niños y que, en todo caso, aquello no era trabajo social para un voluntario, sino empleo para una persona con un sueldo. Me amenazó con aplicarme la ley de los insumisos, o sea, con mandarme a la cárcel, pero el director del programa, persona inteligente, echó un vistazo a mi currículum (en el que había referencias a unas cuantas actividades de voluntariado social) y me reorientó a un proyecto de alfabetización de adultos. Aquello tenía mucha más lógica y, además, era un terreno que yo ya conocía.

Poco después tuve una reunión con el equipo del proyecto. Éramos cuatro: el director, que también dirigía una pequeña asociación en la villa de Vallecas (Madrid), y tres profesores, uno verdaderamente voluntario y dos que veníamos a cumplir nuestra prestación social sustitutoria. Se trataba de impartir clases de alfabetización a adultos de grupos marginales para que pudieran presentarse al examen del carnet de conducir. Nos describieron el perfil de los alumnos, nos dieron los materiales del curso y nos llevaron al lugar donde se iban a dar las clases: el poblado de La Rosilla.

La Rosilla era una iniciativa de realojo e integración de familias gitanas que procedían en su mayoría de Los Focos, barriada muy problemática de Madrid que las autoridades decidieron desmantelar a principios de los años noventa. Calculo que tendría unas 24 viviendas dispuestas en forma de U, mirando a la carretera de Villaverde a Vallecas, en medio de una zona sin urbanizar a las afueras de la ciudad. El genio popular había rebautizado el lugar como “Los Pitufos” porque las casas estaban pintadas cada una de un color distinto, a cual más chillón. Enfrente había un polígono industrial y los comercios más cercanos quedaban a unos quince minutos a pie, a la entrada de la villa de Vallecas. No había aceras ni senderos. No había iluminación ni semáforos. La Rosilla estaba en mitad de la nada.

Por esas ironías del destino, los vecinos de enfrente de La Rosilla eran la fábrica de Pedro Durán (una de las marcas de joyería de plata más conocidas de España) y la imprenta del cupón de la ONCE (la lotería que más dinero mueve en el país). Allí sigue, si no me engañan las fotos que veo por Internet.

En el poblado vivía, en aislamiento casi total, un puñado de familias gitanas que obtenían sus ingresos de la venta de fruta, chatarra, ropa usada o heroína, según el caso. Cada familia tenía su negocio y rara vez se metía en el del otro: el que andaba con la fruta, andaba con la fruta, y el que andaba con la heroína, con eso andaba. Era muy fácil saber quiénes vendían género barato y quiénes género caro, primero porque los del género caro no salían a vender a los mercados ambulantes, sino que recibían al cliente en casa, y segundo, porque los traficantes tenían teléfonos móviles, cosa no tan frecuente en el Madrid de 1994. También tenían coches deportivos, mientras que los de la fruta, la ropa y la chatarra eran ambulantes y, por lo tanto, tenían furgonetas blancas.

Mis alumnos eran tres gitanos jóvenes, de 17 a 21 años. Querían aprender a leer y escribir para sacarse el carnet de conducir y evitar que la guardia civil o la policía los detuviera constantemente y les confiscara su principal medio de subsistencia, a saber, la furgoneta. También, me decían, les gustaría poder leer los letreros de la carretera, porque en general se orientaban por instinto, por costumbre o preguntando. Uno de ellos, el Bizcocho, me decía que había aprendido a distinguir algunos nombres como “Madrid”, “M-30”, “Centro ciudad” y otras cosas por el estilo, pero que con tanta autopista como estaban construyendo, cada vez se perdían más. Empezaron las clases. Las letras, las sílabas, las palabras... El proceso es mucho más interesante que con niños pequeños por la sencilla razón de que, mientras estos últimos absorben directamente lo que se les enseña, los adultos analizan y procuran razonar. Como el lenguaje es una convención casi del todo arbitraria, las preguntas que surgen durante las clases son de lo más interesante. Varios alumnos se preguntaban continuamente por qué no escribíamos igual que pronunciábamos. La respuesta canónica que les dábamos era que sí, que el español se escribía igual que se pronunciaba, pero ellos insistían en que aquello no era verdad. Y tenían razón. Si al fuerte acento madrileño le agregamos una fuerte dosis de caló y otra de exclusión social, la pronunciación se aleja mucho, muchísimo del canon. Ni siquiera los mejores locutores de radio o presentadores de televisión hablan exactamente como escriben, y mis alumnos me lo demostraban a cada paso.

Otra duda muy habitual entre estos alumnos era el punto en el que había que “cortar” las palabras. Para algunos, si separábamos “el” y “coche” en la expresión “el coche”, no había motivo para unir “vender” y “lo” en “venderlo”, o viceversa.

Había otro alumno que afirmaba que la hache, la be, la uve, la y griega y la elle eran inventos de los payos para dejar en evidencia a los gitanos, o sea, que se habían creado con mala intención para dejar en ridículo a los demás. Para compensar, los alumnos usaban bastantes expresiones gitanas en sus redacciones de las que yo desconocía tanto la ortografía como el significado. En esos casos, invertíamos los papeles y yo me convertía en alumno.

Hubo muchas más anécdotas que no recuerdo pero que nos hicieron reflexionar sobre los métodos educativos que usábamos y sobre la necesidad de adaptarlos a una situación muy especial. Los estudiantes iban aprendiendo, pero los instructores aprendían mucho más. Hoy lamento no haber tomado notas de aquella experiencia, que se podrían haber aprovechado en proyectos similares.

Una tarde, al llegar al poblado, me encontré con todos los alumnos en pie dentro de la clase, con las manos en los bolsillos. Enfrente había cuatro personas que yo no conocía, también con las manos en los bolsillos, y a su lado estaba el director del proyecto. Este último me explicó que habían recibido una nueva subvención y que teníamos que ampliar las clases con otros cuatro alumnos y otro profesor. Él sería el profesor y esos eran los alumnos nuevos.

De inmediato, mis estudiantes dijeron que se negaban a estar en la misma clase con los nuevos. Las razones estaban a la vista: todos los nuevos llevaban teléfonos móviles, y todos los antiguos trabajaban en la chatarra y en la fruta. La cosa era muy seria. Las manos en los bolsillos eran la antesala de las manos en las navajas. Como nunca he tenido madera de héroe, reuní a mis tres alumnos y anuncié que ese día daríamos la clase en la calle y que ya veríamos qué hacíamos después. Nos sentamos en los escalones del centro y allí dimos la lección.

Por suerte, el director del proyecto entendió que el riesgo era demasiado grande y decidió cambiar. Al fin y al cabo, todos sabíamos que los traficantes tenían dinero de sobra para pagarse su instrucción, si así lo deseaban. Unos días después trajo a cuatro chicos del otro gran poblado de chabolas e inmenso mercado de drogas del sur de Madrid, que se llamaba La Celsa. Estos muchachos también eran vendedores ambulantes y se entendieron bien con nuestros alumnos. Llegaban puntualmente cada tarde en una furgoneta, asistían a las clases y se marchaban de inmediato. Así pudimos seguir en paz con el proyecto, sin que nadie tuviera que amenazar a nadie. Uno de los chicos de La Celsa se unió a nuestro grupo, así que desde entonces tuve cuatro alumnos en lugar de tres.

En aquella época en la que la lucha contra la exclusión social ganaba muchos votos, a alguien se le ocurrió la idea de organizar una visita del Rey de España al poblado de La Celsa. El objetivo, según los medios de comunicación de la época, era demostrar, por una parte, que los patriarcas del poblado eran buenas personas capaces de gobernar a los gitanos que vivían allí (es decir, controlar el trapicheo de drogas, la delincuencia, la violencia y demás lacras que aquejaban a aquel núcleo de población) y, por otra, que el monarca español era un mandatario plural, abierto e integrador al que no se le caían los anillos por pasear un rato con los gitanos entre las chabolas del sur de Madrid.

Durante el mes que transcurrió entre el anuncio de la visita real y la visita en sí, las autoridades de los payos y de los gitanos fueron expulsando a cualquiera que vendiera mercancía ilegal de La Celsa hasta dejar el poblado en un estado jurídica y socialmente prístino e impoluto. Los camellos, como se llamaba entonces a los que trapicheaban con drogas, cambiaron de escenario y se fueron a trabajar a los otros puntos que todos los compradores conocían, como la Cruz del Cura y, por supuesto, La Rosilla, que les quedaba bastante cerca.

Por aquel entonces yo estaba ya más que habituado a recorrer aquel trayecto apocalíptico que separaba la estación de tren del centro social (pasando por la platería y la imprenta de la ONCE) y sabía cómo actuar si me salía al paso algún yonqui o un traficante que aún no me conociera. No podía imaginarme que aquellos encuentros fortuitos pudieran llegar a convertirse en una auténtica marejada de caras nuevas que me ofrecían papelinas de heroína, chinos (crack), jeringuillas, gomas, pipas y demás parafernalia toxicológica, y que a la marejada de delincuentes le acompañara una caterva todavía más densa de heroinómanos que me pedían dinero, ropa, comida, bebida, sexo, lo que fuera. Pero eso fue exactamente lo que sucedió. Parapetado tras los logotipos del proyecto y de la Comunidad de Madrid (en esos ambientes algunos trabajadores sociales gozaban de cierto grado de inmunidad) , yo avanzaba, incrédulo, hacia un poblado que estaba realmente transformado. En aquellos días vimos más que nunca el camión de la metadona aparcado a la puerta del cupón, y por primera vez vi a los adictos esperando en fila para tomarse su dosis.

Durante aquellos extraños días, mis alumnos, nerviosos e incómodos, se quejaban de la suciedad y los problemas que traía tanto toxicómano. Aun así, no se desesperaban porque sabían que todo terminaría, como de hecho terminó, el día 14 de diciembre, una vez que el Rey Juan Carlos I y la Reina Sofía se hubieron tomado un café con el tío Aquilino en La Celsa. Aquella misma tarde, todos aquellos advenedizos, dispersos por todo Madrid, empezaron a regresar a sus lugares de costumbre.

La visita del Rey produjo una interesante y entrañable colección de anécdotas que han pasado a la historia: el café de puchero “estupendo”, la Reina abrazada a los niños gitanos, el brasero con el que se calentaron y demás. Por desgracia, la cosa se quedó en anécdota y a nadie se le ocurrió aprovechar el potencial transformador de la visita para hacer algo productivo, como por ejemplo crear un fondo de desarrollo o diseñar un plan de integración para acabar con la lamentable situación de aquellos barrios. En realidad, la visita no cambiaba nada, pero muchos vecinos de La Celsa prefirieron pensar que sí, que las cosas ya no iban a volver a ser como antes, y cuando los traficantes quisieron entrar otra vez en el poblado, los estaban esperando.

Unos días después, la camioneta de La Celsa llegó con un solo estudiante. “Se han escondido”, nos dijo el muchacho, que era el único menor de edad del grupo. Nos explicó que después de la visita de los reyes había habido una batalla campal entre “los de la droga” y los demás, y que estos últimos habían herido a varios traficantes. Ahora los traficantes tenían que vengar esa sangre y los atacantes debían desaparecer. Los otros tres alumnos formaban parte del grupo que se había escondido y no se podía saber cuándo volverían. Visiblemente afectado y asustado, y muy atento a lo que había a su alrededor, el chico entró en clase y se aplicó a su labor.

Días después, uno de los alumnos adelantados, que unos meses antes no era capaz de escribir su nombre, llegó con un recorte de periódico. Nos dijo que en el bar, leyendo los titulares, se dio cuenta de que aquella noticia tenía que ver con nosotros, así que se aplicó a leer como pudo. En el cuerpo del texto había logrado identificar, con ayuda de un amigo, dos nombres propios. Leyó en alto: “dos jóvenes mueren en un ajuste de cuentas”. Se quedó en silencio un momento y luego nos dijo que esos dos jóvenes eran alumnos nuestros, de La Celsa, y que por supuesto aquello no era un simple ajuste de cuentas, sino la esperada venganza de los traficantes, que ya campaban por sus respetos en el poblado. “Voy a escribir al periódico”, nos dijo, “y les voy a decir que dejen de contar mentiras, que si los gitanos nos jugamos la vida luchando contra la droga no es justo que vayan por ahí diciendo que nos matamos por gusto. Ahora que podemos leer, se van a acabar estas mentiras. ¿Por qué no los protegió la policía, la misma que limpió el barrio cuando fueron los reyes?”.

Estuvimos hablando del tema, de los años perdidos, de todo lo que los payos habrían publicado hasta entonces, y de todo lo que podrían publicar todavía, antes de que ellos fueran capaces de leer con fluidez. Se daban cuenta, en efecto, de que al aprender a leer no solo iban a conseguir un carnet de conducir. También abrirían una puerta a un mundo que hasta ahora les estaba prohibido. Reflexionamos sobre la importancia de la lectura, sobre la participación. Era injusto que solo se oyeran algunas voces. Aquellos jóvenes iletrados tenían unas ideas muy claras y, en ciertos aspectos, muy maduras. Recordamos a nuestros dos compañeros de clase, uno de 18 años y otro de 20. Fumamos mucho y escribimos varios borradores de la carta que pensábamos enviar a la redacción de aquel periódico, carta que por desgracia tampoco he conservado.

Las circunstancias quisieron que aquel proyecto trascendiera sus propios objetivos. Nuestros alumnos se dieron cuenta, de forma trágica, de que la lectura era una aptitud mucho más importante que un carnet de conducir. Al mismo tiempo, nosotros descubrimos otro tipo de ignorancia. Los gitanos siempre habían estado allí, en sus poblados, al pie de la carretera. Yo los veía igual que el Bizcocho veía los carteles cuando iba con la furgoneta: él pensaba que entendía los carteles y yo creía entender lo que pasaba en los poblados, pero en realidad ninguno de los dos entendía. Los dos tuvimos que aprender.

Epílogo

Los traficantes siguieron dominando el barrio de La Celsa hasta que las autoridades decidieron desmantelarlo en 1999. Casi todo el tráfico de droga se trasladó entonces a La Rosilla, pero aquel poblado era mucho más pequeño, lo que provocó una situación insostenible que llevó a desmantelar también aquel núcleo en el año 2000. Los traficantes se fueron entonces a Las Barranquillas, que aguantó hasta 2006 o 2007. Después fueron a parar a la Cañada Real, que es donde hoy se siguen escribiendo historias como esta. A principios de los 80, la inmensa mayoría de la población gitana de España era analfabeta y casi tres cuartas partes vivían en infraviviendas. Hoy, todos los niños gitanos están escolarizados y tan solo el 8% sigue malviviendo en chabolas. Las políticas de integración elegidas en España han funcionado y son un ejemplo para el resto de Europa. El gobierno de España anunció la abolición del servicio militar en 1996. Los últimos “quintos” se licenciaron en el año 2001. La prestación social sustitutoria del servicio estuvo vigente poco más de siete años.

José García Verdugo
Editor y traductor.