lunes, 6 de abril de 2015

María José Martí


Aquel lugar debe ser un parvulario o una guardería, está a ras de la calle y tiene grandes ventanas por las que observo la mitad de los coches que pasan o se detienen en el semáforo, ya que llevo un parche en un ojo y por esa extraña anomalía únicamente veo la mitad de las cosas... pero me mondo de risa con los poemas de Gloria Fuertes aunque los lea con un sólo ojo:

"Doña Pito Piturra tiene unos guantes;
 Doña Pito Piturra, muy elegantes.
 Doña Pito Piturra tiene un sombrero;
 Doña Pito Piturra, con un plumero."

"¡Venga, niños, todos a una: A, E, I, O, U!"

La maestra tiene una voz muy bonita, me enseña a escribir, a sumar y restar, y además, es rubia, simpática y tanto se parece a Valentina, -la chica de Los Chiripitiflaúticos-, que así se ha grabado para siempre en mi recuerdo, como si las dos hubieran sido sólo una. A mi lado se sienta Paloma, mi amiguita del alma, comedora de mocos y pegamento seco, y dos o tres filas más atrás están los malvados gemelos rubios que nos enseñan la pilila cada vez que la cuidadora nos deja solos.

Un año después comienzo la etapa escolar. Mi colegio se llama Santa Bárbara. Es un edificio antiguo con muchas aulas y estancias. Tiene una torre de vigía, una capilla subterránea y una fachada enlucida de color crema con balcones de madera. Se entra por un portón muy viejo directamente a un amplio zaguán: hay bancos oscuros y un escalón que divide el zaguán en dos estancias diferentes.
En la parte más profunda hay un piano: enfrente, otro portón que da al jardín, -un jardín enorme, lleno de telarañas y arañas de colorines-. A la derecha, el aula del primer curso, grande, fría, sin calefacción, donde la profesora Pilar Blas Ponz nos hacía leer en voz alta las aventuras de los protagonistas de un libro que ya no recuerdo. Sé que eran una pandilla de niños que llevaban a un mono llamado Pepe, y que sobre el marco de la pizarra, dominando todos los ángulos, la mirada de José Antonio Primo de Rivera (fundador de la Falange) parecía seguir con interés profesional nuestras lecturas infantiles.

A las profesoras las llamábamos Señora o Señorita, y la nuestra, doña Pilar, era señorita: nos hacía leer y copiar muchos textos de aquel libro, y siempre, para deber, nos mandaba redacciones, muchísimas redacciones...
 

En mi casa la lectura no era plato de primera, pero teníamos un tocadiscos y muchos discos de música y de cuentos. Parecerá extraño, y sin embargo, aquellos singles de vinilo también me enseñaron a leer. Eran rojos e iban acompañados del texto por escrito con ilustraciones a color, de manera que a medida que escuchabas la historia podías leer lo que las voces decían y los dibujos te ayudaban a imaginar. Recuerdo la voz del viejo Geppetto; la de Pepito Grillo, la de Pinocho; la de las tres hadas madrinas de la Bella Durmiente, regalándole a la princesa Sol en su bautizo los dones de belleza, bondad... las narraciones estaban tan bien hechas, ambientadas, llenas de matices, que me hacían creer que me encontraba dentro del cuento, tal vez en el vientre de la ballena que se tragó a Pinocho y a su papá, o quien sabe: en un reino donde todo el mundo dormía por cien años bajo el hechizo de una bruja malvada...

A los siete u ocho años me aficioné a la lectura con los cuentos troquelados de Ferrandis y de Toray: mis favoritos fueron El Gigante Egoísta o la ejemplarizante "petrificación" de El Rey Midas.  Aquellos cuentos costaban doce pesetas. Los Reyes los dejaban sobre la mesa del comedor de nuestra casa, entre otros regalos: El flautista de Hamellin, El gato con botas, Los zapatitos rojos, Barba Azul, Gulliver, Simbad... Las portadas de cartón iban recortadas igual que sus páginas, siguiendo el contorno de los personajes; hasta recuerdo sus colores y sus rostros vivos y alegres.

Habían también unos cuadernillos cuadrados con pocas páginas y muchas ilustraciones. Eran fábulas, y se llamaban: “6 Fábulas de..” Iriarte, Fedro, Esopo, La Fontaine, (no recuerdo ahora algún otro autor), pero de éstos, aún he podido conservar tres o cuatro entre mis pequeños tesoros: La liebre y la tortuga, El jilguero y el cisne, el Astrónomo, El grajo presumido, Las mujeres y el secreto, etc...

¡Todos tenían sus moralejas, y por cierto, qué sentencias! Por ejemplo: "Muchos se jactan de hacer maravillas y fracasan en las circunstancias más ordinarias de la vida". O,  "Quien por avaricia busca poseer más de lo que tiene, se queda a menudo sin nada..." Yo no sé si en aquel entonces entendía algo de aquello, ni siquiera si leía al final de los cuentos las moralejas, aunque ahora me resultan tan, -no sé como decirlo-, ¿moralizantes? ¿educativas?

Ya entrando en la adolescencia, descubrí los libros que mi hermana guardaba en nuestra estantería. Eran las Joyas Literarias Juveniles. Me enamoré de ellas de la mano de Miguel Strogoff. Después me interné en las riberas del Missisipi con La cabaña del Tío Tom, y a continuación salté a las caballerescas tierras inglesas de Un yanki en la corte del rey Arturo, que fue, sin lugar a dudas, quien me aproximó a la posibilidad de viajar en el tiempo, convirtiéndose ésta, desde entonces, en mi mayor afición.

Tal vez una parte de mí se quedó en aquellos primeros relatos inocentes, en los discos de Movieplay, en las fábulas, en los cuentos troquelados, en Valentina, en los Chiripitiflaúticos o en la señorita Pilar, que fue mi maestra hasta tercero. Puede que mi afición a escribir se la deba a todos ellos: a la magia de la niñez, aunque racionalmente sé que no existe tal cosa: pero pensar... qué hermoso sería creer que sí la hubo, que la hay ahora, también. Porque en el fondo, ¿qué es escribir, sino andar por el fino estambre interior, libar su polen y nombrarlo al mismo tiempo?

Como en los discos de cuentos, escuchar y entender las letras de la vida con sus luces y sus sombras: leer  en el caleidoscopio de ese otro libro que nos habla desde el irreemplazable mundo de los sentimientos, siempre, siempre orientado hacia la luz.


María José Martí
Paisajista y Escritora aficionada.





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