lunes, 13 de marzo de 2017

Ainize Salaberri


 «Una amiga mía va de librería en librería, yo creo que finge, que se inventa su amor por los libros; no puede existir semejante pasión.»

Probablemente eso es lo que hubiese dicho yo, a mis nueve años, si hubiese tenido la capacidad de expresarme, en aquel entonces, con un lenguaje puro y directo. ¿Libros? Menuda cosa. La niña traviesa pero silenciosa que yo era no leía. En mi habitación había estanterías llenas de libros. Recuerdo el lomo de La isla del tesoro, que aún está (y creo que es de los pocos) en la estantería; recuerdo los lomos de los clásicos (tres estanterías en total, ordenadas por colores; rojo, azul y verde) con Tolstoi, Verne, Dostoievski. Pero, sobre todo, recuerdo cómo los miraba, con qué indiferencia y con qué sopor. Veía en mi casa a mi padre leyendo y suponía que era algo digno de hacer, algo que por algún motivo que no comprendía debía hacer. No lo hacía. Muchas veces, llevada por una culpa que no sabía muy bien de dónde venía, cogía los libros y los hojeaba. Pasaba las manos por ellos, por el lomo que, a veces, tenía relieve; abría el libro y pasaba los dedos por las letras. Quizás incluso en algún momento oliese las páginas, no lo sé. Y tal y como los abría los volvía a cerrar. No me convencían. No me gustaban. A lo mejor era porque los veía ahí, en la estantería frente a mi cama, y sentía que me estaban imponiendo algo. Además de traviesa era rebelde, a mí no me gusta que me manden, me oigo decir. Los veía ahí, esperando, y me daban rabia. Recuerdo lo que pensaba del tamaño de los cinco libros que formaban Guerra y paz. Lo único que me llamaba de la obra era la palabra guerra, pues definía perfectamente lo que sentía al mirarlos; era como si estuviese creando mi propia revolución negándome a leer. Y es que no entendía el placer que se me intentaba imponer. Lo mismo pasaba con los libros de lectura obligatoria en el colegio. Uno cada dos o tres meses, creo recordar, en castellano y en euskera. Y, cuando llegó el momento, también en inglés. Y los leía porque no me quedaba más remedio, pero aquello no ayudó a mi concepción principal de la lectura. En mi infancia nadie me enseñó a leer, nadie puso en mí la semilla de la curiosidad por ver qué demonios encerraban todos aquellos lomos de colores que, dicho sea por otra parte, alegraban mi habitación y hacían que me olvidase del horrible papel estampado de las paredes. Pero eso era todo; era bonito verlos desde fuera, única y exclusivamente, porque nadie intentaba que viese lo bonitos que podían ser desde dentro. De las explosiones en su interior nadie me habló, y yo me dediqué a perder el tiempo miserablemente. Y, pese a todo, me gustaba verlos, que se amontonasen, que mis padres me regalasen libros y los dejasen en las estanterías, que hiciesen sitio en ellas. Me gustaba tenerlos, tocarlos de vez en cuando, como si mi yo infante fuese capaz de advertir, de alguna forma, que en algún momento ellos se convertirían en parte esencial de mí misma y de mi vida, que realmente habría una revolución, una pasión, y que comenzaría gracias a ese amor por tenerlos ahí, cerca. Quién le iba a decir a aquella niña rubia y alejada de toda literatura que, en unos años, su vida no tendría sentido sin los libros.

Yo, como Agnès Desarthe, también tuve que aprender a leer.

¿Qué me interesaba de pequeña? La vida contemplativa, al parecer. No tengo un claro recuerdo de qué hacía para llenar las horas o, mejor dicho, qué hacía para perderlas. No leía, tampoco me esforzaba en el colegio. Hacía deporte, mucho, y me gustaba estar sola. Cuando terminé primaria y empecé secundaria me dio por leer los libros de Pesadillas, quién sabe por qué. Pero eran los únicos libros, junto con los del pequeño Nicolás, que me atraían, entretenían, divertían. Y los leía de una atacada, y pedía más, y leía más. Los lomos de colores seguían esperando su turno. Mientras leo Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe, me siento muy identificada con la niña que ella era. Los libros no le interesaban: «Leer no sirve para nada. Yo lo que quiero es escribir. Aún ignoro que existe un vínculo necesario para ambas actividades.» Escribir sí que me gustaba, como a ella. Recuerdo todos los cuadernos llenos de titulares y frases recogidas de los telediarios; llenaba páginas y páginas, con mi mala caligrafía, con todas las frases que escuchaba y que me daba tiempo a copiar. Saltos de historias que más tarde releería. También me gustaba ponerme delante de la tele, con cualquier cosa que mis padres estuvieran viendo, y con una frase cogida al azar escribir una historia. No sé qué fue de esos cuadernos ni qué objetivo pretendía con aquella actividad, pero recuerdo la sensación de estar haciendo algo importante. De pequeña, y es curioso, me llamaba más dejar por escrito —como si se tratase de una necesidad— que empezar por lo escrito. Era el camino incorrecto. Porque, como dice Desarthe, «La escritura es algo peligroso.»

—Estoy tan hastiada —le confía a su hermana Julia, que se asombra:
—¿Cómo haces para conocer tantas palabras?
—Leo —responde Judith.
—¿Lees? Pero si no te he visto nunca con un libro en la mano.
—Leo a escondidas —murmura la pequeña.
—¿A escondidas de quién?
—De mí misma —responde aún más bajito.

Desarthe comienza a aprender a leer cuando su padre decide curarla (curarla de la no-lectura, claro). Le empieza a dar pequeños libros que sabe que hará que su hija cambie esa actitud un tanto despótica hacia la literatura. Le da a Camus, a Duras; descubre los asesinatos y los ambientes de Raymond Chandler, y da con El ruido y la furia, de Faulkner. Y sigue. Salinger. Woolf. Claro, pienso, así sí. También tiene una profesora sustituta que les hace leer a Prévert, que le lleva a Racine y su Fedra, y a sentir que la Bovary es una imbécil redomada. Aprende. Y un día llega a Isaac Bashevis Singer: «a partir del descubrimiento de Singer puedo leerlo todo. Ha saltado un cerrojo, ha cedido la última reticencia, ya no siento ni miedo ni aburrimiento (…) Me convierto en lectora compulsiva». Todos, creo, tenemos un escritor que nos cambia la vida, que nos hace lectores. Cuando una profesora, en cuarto de secundaria, me enseñó a leer, lo hizo a través de Gabriel García Márquez, de Darío Jaramillo Agudelo, de Benito Pérez Galdós, de Luis Sepúlveda. Luego llegaría otro profesor que me hizo amar, en la asignatura de Derecho, a George Orwell, a Franz Kafka, a Saramago. Devoré 1984 y creo que ese libro fue el que me convirtió en lectora. Más tarde vendrían los meses previos al gran salto académico y la búsqueda de lectura, casi todos los días, en las librerías, de aquellos títulos que habrían de iluminarme el camino. En aquel entonces eran los títulos los que me convencían, más que la contraportada. Con el tiempo aprendí a no fiarme de ninguna de las dos cosas; ambas eran bastante mentirosas. A leer también se aprende malgastando el dinero. Después llegaría la universidad y con ella todas mis obsesiones (Virginia Woolf, Frankenstein, Sylvia Plath, Anne Sexton), y más adelante llegaría la vida, y la revista, y…

Siento, de alguna forma, que la vida literaria, íntima y personal, exclusiva y privada, de Agnès Desarthe tiene mucho que ver con la mía. De pequeñas rechazábamos los libros, afirmábamos que no nos gustaba leer, pero sí escribir. Pese a todo, nuestros resultados académicos nos llevaban a tener que sobrevivir, o malvivir, de las letras. Ella creció en un entorno en el que todo lo que la rodeaba eran libros, intelectualidad. Yo crecí en una habitación en la que todo lo que me acompañaba eran libros y lomos de colores. Y la intención. Y el saber que allí había algo que podía cambiarme la vida. Tardé demasiado en descubrirlo. O quizás no. Ahora sé que todo lleva su tiempo, que todo tiene su momento. Por suerte, aquella profesora de literatura de secundaria y bachillerato, me salvó la vida. Si no hubiese sentido ira y rabia después de leer Crónica de una muerte anunciada, probablemente no hubiese seguido leyendo. Si Orwell no hubiese llegado para darme una lección, seguramente no hubiese querido estudiar filología. Si no hubiese estudiado filología no hubiese descubierto a Virginia, y no imagino mi vida sin ella, pero tampoco sin Orwell, sin Kafka, sin García Márquez, sin Anne. Mi apellido se liga ahora a todos los apellidos que marcan mi historia literaria y que me dan sustento, seguridad, un mundo en el que apoyar los pies sin miedo a derrumbarme. Y todo debe ocurrir cuando debe ocurrir. Como encontrar al amor de tu vida. Ahora sé de lo que hablo. Desarthe también traduce, era el paso natural. Para ella la traducción admite ciertos cambios (el cambio en el nombre de un personaje, por ejemplo), lo que vienen a ser como saltos al vacío. De hecho, creo que lo entiende como algo así: dejarse la piel al borde del abismo y saltar, desnuda, en un mundo que no has creado pero al que debes amamantar; darle forma, cuidarlo, traducirlo. «Siempre tengo presente, al traducir, la imperfección, la merma, el fracaso. Volvemos a la decepción. En traducción se empieza sistemáticamente vencido. (…) Y sin embargo hay que hacerlo, traicionar con toda consciencia, franquear la frontera a riesgo de asesinar la tan frágil poética, hacer obra de contrabando, y para ello es necesario, antes, saber leer.» Y de nuevo me doy cuenta de que empecé a leer para poder traducir, que estudié filología para leer y traducir, que deseo ganarme la vida leyendo y traduciendo.  La vida no da puntada sin hilo.

«Escribir, traducir (pero, finalmente, ¿no son una sola y única actividad?) me enseñaron a leer y siguen haciéndolo. Ahora que leer se ha convertido en mi ocupación principal, mi obsesión, mi mayor placer, mi recurso más fiable, sé que el oficio que he escogido, el oficio de escribir, ha servido y sirve sólo a una causa: acceder por fin a la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia.»


Ainize Salaberri
Traductora, profesora de inglés y creadora y directora de la revista literaria Granite & Rainbow.

La autora escribió este relato en su blog personal "Ainize Salaberri" y ha dado su permiso para publicarlo aquí.

 

viernes, 24 de febrero de 2017

Belén Gonzalvo Val


SENDA DE LIBROS

Cuando era pequeña había una habitación especial en la casa de mis padres. Las sillas eran de plástico naranja y tenían repisas de las que se recogen en el lateral. Aunque con la maniobra para lograrlo corríamos el riesgo de pillarnos los dedos, plegarla y volverla a abrir era uno de nuestros pasatiempos favoritos. En esa habitación convertida en aula de matemáticas para las clases matutinas que impartía mi padre, se pasaba de recitar números y fórmulas a disfrutar con el ritmo de las palabras. Solo cuando entrabas comenzaban las aventuras.

El sonido de la tiza en la enorme pizarra marcaba nuestro recitar:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
-no diré corría-,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: "Tente,
amigo, ¿qué es esto?"

Las fábulas de Iriarte y Samaniego son el primer recuerdo que guardo de un texto aprendido para ser contado sin sentirlo como una obligación. Mi padre había logrado reunirnos a los cuatro hermanos alrededor de un libro lleno de animales, ritmo y muchas moralejas que yo apenas lograba entender.

Subió una mona a un nogal
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde,
aunque le supo muy mal…

Era en ese aula donde conseguía cambiar lo que en el colegio se había convertido, según mis recuerdos, en un trabajo aburrido y lleno de temor: aprender a leer. Esto lo supongo, porque mi único recuerdo de parvulario relacionado con mis primeras letras no es bueno. Me veo escondida debajo de la mesa, agobiada por las grandes vocales que vigilan desde los carteles que forraban las paredes de la clase. Es posible que todo fuera parte de algún juego de la maestra que no debí de entender bien, porque asustada estaba, y mucho. Hasta tuve pesadillas llenas de grandes vocales persiguiéndome cada noche. Lo alucinante de esos sueños era que la velocidad parecía siempre la misma, daba igual que la vocal fuera una O que un palo poco dado a rodar como la I. Siempre me despertaba un paso antes que caer aplastada por una letra monstruosa, pero la angustia no me la quitaba en todo el día.

En cambio con los poemas le cogí el ritmo al asunto, tanto que con el tiempo aprendí a tocar la guitarra para poder contar historias con un compás distinto al de la escuela.

Todavía hoy, cuando nos reunimos los hermanos, somos capaces de recitar alguna de esas fábulas corrigiéndonos y sintiendo el cariño de nuestro padre en cada verso. Eso sí, acompañados de los instrumentos que cada uno fuimos eligiendo a lo largo de nuestra senda de libros y ritmos.

Gracias, papá.

Belén Gonzalvo Val

Violonchelista y en los últimos años cuentista de ratos perdidos.

 

martes, 21 de febrero de 2017

Gabriel Noguera



No podría asegurarlo ante un tribunal, y menos en la España de hoy en día, en la que te meten en la cárcel por cualquier declaración que no agrade a la autoridad competente, pero creo que me enseñó a leer mi madre, lo que tiene ventajas y desventajas. Las ventajas son evidentes: aprendes cómodamente en casita, sin necesidad siquiera de quitarte el pijama, en un entorno cálido y familiar. Una desventaja importante es que aprendes aislado del mundo. Si uno pudiera aprender a leer en la calle, socializando con otros niños… Desde aquí lanzo un llamamiento a la comunidad educativa para que se estudie esta posibilidad.
 
Me gustaría decir que esta precocidad en la lectura se debió a un rasgo de genialidad por mi parte, pero no sólo el presente desmiente esta teoría, sino que en realidad sospecho que todo era una estratagema de mi madre para neutralizarme, pues un niño lector es un niño tranquilo. No es lo mismo tener a tus retoños brincando y montando follones por todas las habitaciones que sentados en el sofá y sumergidos en la lectura.
 
Ah, todo parecía sencillo en aquella España postfranquista y ochentera. Estábamos llenos de ingenuidad, en parte porque éramos niños, supongo. Recuerdo que en preescolar me sentaron junto a una niña (muy guapa, por cierto) y nos pusieron ejercicios de caligrafía. Mi ejercicio era redactar una y otra vez mi nombre, mientras que ella tenía que escribir «aaaaaaaaaaaaa». Yo pensé: qué nombre tan raro tiene. 
 
La lectura me ha brindado múltiples satisfacciones al mismo tiempo que me distanciaba de la realidad, de mis semejantes y, sobre todo, de la práctica habitual del sexo, sólo que antes de la pubertad no era consciente de estar cavando mi propia tumba. El futuro no estaba en la palabra escrita, sino en los deportes y en tocar algún instrumento musical. Aprovecho esta oportunidad para aconsejar a los padres que piensen en la felicidad venidera de sus hijos y los apunten a clases de fútbol y piano. A ser posible, no simultáneas.


Gabriel Noguera
Escritor secreto, tercermundista y sentimental.




viernes, 10 de febrero de 2017

Gaby Carrillo


Yo pienso que aprendí a leer y escribir en el kínder. Todavía recuerdo los ejercicios de caligrafía que teníamos que hacer y el choque que recibí cuando me enteré que mis hijos no sólo no tenían que hacerlos sino que aprenderían a escribir en cursiva hasta el segundo grado. Pero como diría mi mamá, esa es harina de otro costal.
Tanto mi mamá, que dejó de ir a la escuela desde niña para cantar profesionalmente, como mi papá, que se fue a los 13 años a la Academia de San Carlos para dedicarse a pintar, siempre fueron ávidos lectores, así que en casa jamás faltaron los libros, desde diccionarios en cuatro idiomas y enciclopedias, hasta libros de arte y literatura de todo el mundo, tampoco faltaron los periódicos porque mi papá leía 3 o 4 todos los días para “sacar tema” para su cartón editorial.
De mis primeros recuerdos de libros está un libro titulado “Los viajes de Marco Polo” en una versión móvil por la que me picó no sólo el gusanito de la literatura sino también el de los viajes. También recuerdo las Fábulas de Esopo y muchos cuentos clásicos que eran populares en aquella época. Las historietas del periódico por supuesto que tenían desde “Memín pingüín” y “Mafalda” hasta “El príncipe valiente”. Mi papi, que era caricaturista y admiraba a Disney, nos compró los tomos de Disney con los hermosos dibujos y las historias de La cenicienta, La bella durmiente, Blanca Nieves, etc.; y también recuerdo leer con mi hermana una versión de niños de Las mil y una noches y las versiones de los “Libros eternos para la juventud” de cuentos como “Las aventuras de Tom Sawyer”, “Mujercitas”, “La isla del tesoro”, etc. (¿se acuerdan?)  
Pero el libro que me marcó de niña y que me regaló mi mami, definitivamente fue “El Principito” con las historias de su rosa, su oveja, su hombre serio, los baobabs y, mi personaje favorito, el zorro. Todavía cuando algún amigo me deja plantada o llega muy tarde me pregunto si habrá leído El Principito, porque... “si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres”.
Un poquito más tarde recuerdo que mi papi me daba a leer novelas biográficas de los héroes de la Independencia de México para que aprendiera historia de una forma divertida y mi mamá me daba a leer algún cuento de Tolstoi o novelas cortas como “El círculo de tiza” de Bertolt Brecht, una de mis favoritas.
Mi hermana Marina (la más cercana en edad a mí) me lleva 4 años y de niñas nos peleábamos mucho, pero más adelante la lectura, entre otras cosas, nos unió. Algunos de mis recuerdos más añorados son las horas que nos pasábamos leyéndonos una a la otra y actuando las partes que nos tocaban. Leíamos de todo un poco, pero siempre un libro a la vez, desde “El mercader de Venecia” de Shakespeare hasta “El diario de un loco” de Gogol o “La madre” de Gorki, los “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Neruda, “El lobo estepario” de Hesse  o “Los de abajo” de Mariano Azuela.
Otro libro que me marcó desde la adolescencia fue la Biblia, específicamente estos versículos que trato de recordar en todo lo que hago:

1 Corintios 13: Si hablo las lenguas de los hombres y aun de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Y si tengo el don de profecía, y entiendo todos los designios secretos de Dios, y sé todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve.
Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad.Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.

También en la adolescencia empecé a leer a mi autor favorito: el Gabo. Empecé con “Cien años de soledad” y no pude parar, mientras más leía, más lo amaba. Tanto así que el día que lo tuve a un metro de distancia en un congreso de la OMPI, me quedé absolutamente muda. Uno creería que con todas las celebridades, políticos y periodistas que conocí desde niña por las carreras de mis padres, no tendría ningún problema para hablar con cualquiera, jajá, con cualquiera menos GGM, ni el “hola” me salió. En fin, que he leído todo lo que he podido conseguir de él. Algunos de mis favoritos son “La historia de Miguel Littín clandestino en Chile”, “Crónica de una muerte anunciada” y “El amor en los tiempos del cólera”.
Toda esa lectura me hizo un gran favor cuando me enamoré de un americano y me di cuenta que no podría usar mi título de abogada en Gringolandia. ¡Bendita sea la lectura y bendito sea el placer de traducir!
También en su momento leí casi todo lo de Isabel Allende y, mi libro favorito de ella es... ¡A que no adivinan! “Inés del alma mía”, extraordinaria novela histórica.
Sigo leyendo cada vez que me puedo robar un momentito –más bien momentote, para qué nos vamos a engañar–, ahora también en inglés, y como ya me alargué, los dejo con una recomendación en cada idioma: en castellano, “La catedral del mar” de Ildefonso Falcones. Si son como yo lo van a ver y van a pensar ‘oh, está colosal’, sí, pero les prometo que se lo comen. Y en inglés, “Cutting for Stone” de Abraham Verghese, un médico que decidió escribir un par de libros. Los otros no se ven muy interesantes pero cuando terminé esa novela no concebí leer otra cosa por dos meses enteros. Los que no leen inglés, pueden encontrarla bajo el título de “Hijos del ancho mundo”, no se la pierdan.

Gaby Carrillo.
Traductora e Intérprete simultánea.



domingo, 5 de febrero de 2017

Carmen Bonet


Una alteración congénita, no sé bien de qué, hizo que mi vida se desarrollase en el marco de un grupo minoritario. Cuando llegó la hora de ir al cole, mis padres tuvieron que tomar una decisión valiente: ingresarme en un internado, separarse de su niña de 6 años que además de pequeña, era ¿cómo decirlo? diferente a sus tres hermanos.
Su sacrificio y su esfuerzo se vieron recompensados porque a los tres meses, cuando volví a casa por las vacaciones de Navidad, ya leía; bueno, quizá era más deletreo que otra cosa, pero el alfabeto ya estaba adquirido. Otros tres meses más y entonces sí, ya leía. !Qué fiesta! Mis padres me compraron un montón de cuentos que hicieron mis delicias durante el verano siguiente y sucesivos.
Pero no fui yo sola quien aprendió a leer, mi padre también. Bueno, él ya sabía hacerlo desde pequeño, pero reaprendió para compartirlo conmigo. Así, cada tarde de domingo escribía una carta que yo esperaba ansiosa el siguiente miércoles en el reparto de correspondencia del colegio. Eran otros tiempos, sin Internet, sin Whatsapp,... y las cartas en puritito papel eran un tesoro que guardaba celosamente bajo mi almohada y que releía casi todas las noches.

También yo quise hacer una incursión en el mundo de la otra lectura, así que jugando con revistas, aprovechando su publicidad, alcancé a identificar y aprender todo el alfabeto de letras mayúsculas, negro sobre blanco, utilizado por el común de los mortales. Y de esta forma, leyendo, leyendo, me adentré en el mundo de los estudios hasta llegar a la universidad. Fue en aquella etapa cuando además, descubrí el placer de leer literatura, para disfrutar, para conocer, para ampliar horizontes… Incorporé entonces un sucedáneo de la lectura, los libros hablados, así que empecé a llegar a la literatura a través de mis oídos. Es un buen sucedáneo. Se disfruta igualmente, y a falta de otra posibilidad, aceptando pulpo como animal de compañía, podemos asumir que es otra forma de ¿leer? Casi casi, pero NO. Solamente leyendo puedo saber que David Cibera no es una pareja: David y Bera. Aún con todo, las cintas magnetofónicas fueron un soporte insustituible para manejar los apuntes de la carrera de matemáticas que cursé en la Universidad Complutense de Madrid. Pero que yo necesitaba convertir todos aquellos apuntes a papel, lo que hacía pacientemente para poder estudiar las materias.

Los años iban pasando y la tecnología evolucionando. Tuve la gran suerte de disponer de un aparato que me permitía leer, esta vez sí,  papeles impresos en tinta. Nunca se me dio demasiado bien, no alcancé gran velocidad, pero este aparato fue la puerta que me abrió una posibilidad profesional nunca antes conocida en nuestro país. Empecé a trabajar en una gran empresa informática; con este aparato leía la pantalla del ordenador.
Y la tecnología siguió evolucionando. Nuevas formas de apoyo para la lectura de la pantalla del ordenador irrumpieron en el mercado y se impusieron por su eficacia al primer aparato. Estos sistemas utilizaban, y siguen utilizando, la voz digital para que el texto de la pantalla pueda ser escuchado. Estamos como antes, no es leer pero si funciona porque permite el manejo del ordenador, podemos asumirlo.
Pero hay tantos otros momentos, tantas otras situaciones de la vida cotidiana en las que es necesario leer: el nombre de un medicamento, el nombre del CD que quiero escuchar en mi equipo de música, el nombre de una lata de refresco que quiero tomar,... ¿Vale la opción de escuchar para todas estas situaciones? No me parece. Creo que por muy bueno que sea el sistema alternativo, por mucho y bien que lo valoremos, por mucho que resuelva muchas situaciones, siempre será insuficiente; un sustitutivo más o menos válido, pero sin llegar nunca a ser intercambiable. Escuchar no es leer, sólo leer es leer, y quien no lea, será un analfabeto funcional.
Y ahí está la tecnología, que si ha podido revolucionar las comunicaciones, hacer que nuestra sociedad haya cambiado tanto como para que, por ejemplo, sea posible que dos personas hablen, mientras se están viendo, estando cada una en un continente, no puede dejar de lado a un colectivo y privarle de leer. Debe aportar dispositivos que faciliten la lectura de una u otra forma, conectados al ordenador, de manera autónoma, conectados a un teléfono inteligente… pero leer. De hecho, disponemos de algunos dispositivos que sirven para ello, para leer con soporte informático, pero accesibles solamente a aquellos privilegiados que gozan de buena salud económica.  Me salgo un tanto del objetivo de estas líneas hablar de tecnología específica, de altos precios, justificándolos porque el mercado es pequeño, etc. etc., pero no puedo por menos de alzar mi voz para reivindicar la lectura: la auténtica lectura. Tendremos que luchar para vencer todos los obstáculos y dificultades hasta conseguir que toda persona ciega (!uy, se me escapó!) tenga acceso a la lectura, en papel y en soporte informático. Bueno, no importa que se me haya escapado; a estas alturas, seguro que ya lo han descubierto, ya saben que soy una persona ciega. De pequeña tuve un resto visual, nunca muy grande, que me permitió enredar con revistas y tebeos de mis hermanos, pero hace ya más de 15 años que vivo en la más absoluta oscuridad.
El braille es mi sistema de lectoescritura, sin el cual, además de perder parte del placer por la literatura, difícilmente hubiera podido estudiar matemáticas, inglés, italiano, música... y marcar mis CD, leer las medicinas y tantas otras cosas de la vida diaria; ¿qué haría yo en el súper sin mi lista de la compra en braille? Para leer utilizo mis dedos, el sentido del tacto es el que me sirve para la actividad de la lectura. El resto de formas de acceso a la información y a la literatura, es útil, pero no es leer. Mientras escucho, alguien lee para mí: entona, marca sus acentos. Solamente leyendo yo, mi lectura es auténticamente mía.

Braille: sistema de lectoescritura para personas ciegas consistente en un código de puntos en relieve que representan letras.
OPTACON: Optical táctil converter: es un dispositivo que mediante una pequeña cámara reproduce en un relieve de puntos que vibran, la imagen enfocada, si se enfoca una letra, reproduce dicha letra. Ha caído en desuso.
Lector de pantalla: programa que actúa entre el sistema operativo y la aplicación que se esté utilizando, word, por ejemplo, para dar voz al texto que puede leerse.
Línea braille: dispositivo que, controlado por un lector de pantalla, reproduce en braille texto que puede verse en la pantalla del ordenador.

Carmen Bonet
Licenciada en Matemáticas.


viernes, 27 de enero de 2017

Eloína Calvete García


Pasión lectora

Aprendí a leer con apenas tres años, descifrando los titulares del diario ABC que mi padre solía comprar. Imitaba a mi hermano mayor, un chico tímido que amaba la lectura sobre todas las cosas. Un amor que me inculcó sin pretenderlo. Me acerqué a los libros con el instinto imitador de los humanos y ellos me abrieron los ojos al mundo. Ha llovido mucho desde entonces, pero los libros siempre han sido mis compañeros de viaje; no entendería la vida sin la lectura.

Julio Verne y Enid Blyton fueron los autores de mi infancia. La Vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff, el correo del zar, La isla misteriosa…y Los cinco, los maravillosos cinco de Blyton, llenaron mi cabeza de sueños y aventuras más o menos posibles para una chiquilla que apenas salía de casa. Por gustarme, hasta me gustaban los libros de texto. Mis lecturas juveniles dejaron de lado la aventura y me situaron ante una sociedad que se transformaba. Descubrí la poesía de Antonio Machado, García  Lorca y Miguel Hernández; me acerqué a autores cono Hermann Hesse y Kafka. Leía, leía, leía, a todos y de todo. Y comencé a escribir, alguna poesía, un diario personal, alguna historieta corta… Poca cosa.

La vida y sus circunstancias me alejaron de la escritura, aunque no consiguieron apartarme de los libros. Arrinconé mi afán de escribir, pero la lectura siguió siendo mi compañera y amiga más fiel. Sigo leyendo de todo y a todos, aunque reconozco que soy más selectiva; no en vano acumulo más de cincuenta años de experiencia lectora. Yo, Claudio, de Robert Graves y Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari, son dos títulos que me impactaron; los he leído varias veces y me siguen pareciendo magníficos. Me gustan Vargas Llosa y García Márquez; Eduardo Mendoza, Lorenzo Silva y Vázquez Montalbán, también. No me olvido de Agatha Christie ni de Stephen King. De Almudena Grandes, Elvira Lindo o Dolores Redondo son algunas de mis últimas lecturas. Periodistas /escritores como Kapuscinski, Lee Anderson o Svetlana Alexievich se han unido a mi universo de lectora empedernida, un universo en continua expansión al que también se  suman relatos y libros de compañeras y amigas como Elena Marqués y Montserrat Suáñez; quizás aún desconocidas, pero dotadas de un inmenso talento y talante escritor.

El apasionante, hermoso y vital hábito de lectura que adquirí de pequeña se ha transformado en una auténtica pasión, una pasión que intento trasmitir a todos los que me rodean. 

Eloína Calvete García
Profesora, periodista y un poco escritora.




jueves, 12 de enero de 2017

Manuel Enríquez


Supongo que, como a todos, o al menos como a la mayoría, fue nuestra madre quien nos enseñó a leer. Ella no lo sabía pero hace más de 50 años siguió uno de los sistemas de enseñanza de lectura que, incluso en el día de hoy, se consideran avanzados. En lugar de ir letra a letra, ella me enseñaba palabras que comencé a reconocer gracias a su paciencia. Así pronto empecé a ser capaz de reconocer palabras e incluso frases relativamente complejas.

Cuando a los cinco o seis años entré en el jardín de infancia y empecé con lo de “mi mamá me mima” o “Tu tía te tutea a ti”, no era capaz de entender por dónde iba la historia porque en lo tocante a lectura y comprensión lectora mi nivel era muy superior al de otros niños de mi edad. A los siete años comencé a coleccionar la saga de “Sandokan” de Emilio Salgari y me pasaba leyendo y releyendo las aventuras de Sandokan, Yañez, Giro Batol y la Perla de Labuán hasta que mi padre se daba cuenta de que tenía la luz encendida, me quitaba el libro y me echaba la bronca de rigor.

Pero tanta precocidad me sirvió de poco. Treinta años después dejé de leer. La culpa fue de una enfermedad que se llama “retinosis pigmentaria” y que, en pocos años, me dejó ciego. Tuve que volver a aprender las letras pero esta vez en sistema Braille y utilizando dedos en lugar de ojos. Bien, puedo aseguraros que aprender este sistema no es difícil, apenas en un par de días ya las conocía todas e incluso podía escribir utilizando una especie de máquina de escribir, máquina Perkins, que “graba” los puntos de cada letra utilizando un papel apropiado. El que mis dedos adquirieran la sensibilidad adecuada para lograr una lectura cómoda resultaba mucho más complicado. Por suerte, o por desgracia, por aquel entonces empezaron a desarrollarse los “lectores de pantalla” que posibilitan, de una manera mucho más rápida y eficiente,  el acceso a la lectura y a la escritura.

Ahora, a mis 58 tacos, bien llevaos, he pasado por tres sentidos para poder leer: La vista, como todo hijo de vecino, el tacto, como los ciegos de siempre y el oído, como los ciegos aficionados a la cosa informática. Así que, entre otros, mis agradecimientos a los antiguos mesopotámicos, que comenzaron a escribir, a mi madre, al señor Louis Braille y a mister Billy Gates que, al permitir la popularización de la informática, nos ha abierto una nueva puerta a este maravilloso mundo de las letras. 

Manuel Enquez.
Veterinario y escritor. 


María Dolores Almeyda Domínguez


Yo aprendí a leer mientras era feliz. Donde nací y me crie había un solo colegio con un aula para cada género, en el que todas las niñas y niños, desde los seis a los catorce años, convivíamos durante seis horas diarias, excepto sábados y domingos. La primera vez que fui al colegio había caído una intensa nevada durante la noche que se fue derritiendo a lo largo del día. Nunca más he vuelto a ver la nieve. Y por supuesto, nunca más nevó en aquel lugar. No sé por qué entré al colegio el primer día de clases después de las vacaciones de Navidad. Fue cuando la nieve. Lo pasamos jugando con ella y es el recuerdo más imborrable y hermoso que tengo de mi primer día de colegio.
No puedo recordar si mi aprendizaje fue rápido o lento. Hace tantos años… Pero sé que me gustaba aprender, ir al colegio, hacer los deberes... Sacaba buenas notas, aunque era fácil entonces sacar buenas notas. Guardo mi cartilla de escolaridad. No se nos exigía mucho. Lo elemental, las cuatro reglas, hacer labores de costura y bordado; pero sobre todo, religión. Aprender de memoria todas las oraciones, los evangelios y la vida de Jesús. Recitábamos las lecciones como una cantinela, con el soniquete sin el cual era difícil después decirlas de corrido o salteadas. Los ríos, las montañas, las regiones, los pueblos de España... La tabla de multiplicar… Todo era una canción, un ritmo cansino y perezoso; no sé si el método era eficaz para aprender, pero no conocíamos otro sistema.
Nunca me gustaron las matemáticas, aunque ese término se nos quedaba grande en aquel colegio en mitad de la nada. Las matemáticas eran unas básicas nociones de aritmética y geometría simple. Sumas y restas, multiplicaciones y divisiones. Líneas rectas, curvas y circunferencias. Hasta ahí fue divertido. Lo que más me gustaba eran las lecciones de lengua española. La gramática. Pero todo, insisto, era muy básico. Y llegados a un cierto nivel ya no aprendíamos más, y las niñas mayores pasábamos a ser las ayudantas de la maestra, que a su vez solo había sido una niña aventajada en su tiempo que pasó de aprendiz a maestra sin moverse del lugar. Heredera del Catón, los cuadernos de rayas y la Enciclopedia Álvarez.
Recuerdo que yo leía mucho, era lo que más me gustaba. Y leer me acarreó problemas. Yo buscaba libros que no estaban en el colegio ni en la biblioteca recibida de la anterior compañía inglesa que tuvo la concesión de aquella mina. Siempre tuve medios y picardía para hacerme con libros que se suponía no debía leer, poetas y escritores malditos, prohibidos, muertos o perseguidos por la dictadura. Y tenía recién cumplidos los trece años, cuando doña Manolita me echó de la escuela. Y eso que me quería cantidad. Pero no pudo soportar que yo intentara hacer un club de lectura -sin saber lo que era aquello-, en el que intentaba que las otras niñas leyeran los mismos libros que yo.
Terminé el aprendizaje en casa. Para entonces ya mi madre había rechazado en mi nombre una beca que había ganado para ir a estudiar a la capital. Terminé de aprender a coser y a bordar y a hacerme una mujer de provecho que, según la costumbre de la época, era todo cuanto debíamos hacer y saber las mujeres.
Pero nada puede evitar que la cabra tire al monte.

María Dolores Almeyda Domínguez.
Empresaria jubilada.


miércoles, 11 de enero de 2017

Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo




Lo que nos contaban los libros durante la hora de la siesta

Los libros y yo: infancia y adolescencia.

De niña asistía de buen grado al colegio donde aprendíamos e interactuábamos en armonía,  sin embargo la literatura como forma de aprendizaje y de evasión llegó a mí gracias a mi entorno familiar. En esa etapa  nuestros  maestros – a los que recuerdo con mucho cariño, a excepción de uno en particular- eran buena gente y amaban su profesión, aunque  no solían recomendarnos libros para leer en casa, quizá porque  tenían que lidiar con un número excesivo de alumnos y el programa era el que era. A pesar de todo ello mi asignatura preferida era “Lectura”: leíamos textos en clase, en voz alta, ante el resto de los alumnos, y en esos momentos mi timidez desaparecía como por arte de magia.

He mencionado con gratitud a mi familia, pues mis primeros recuerdos asociados al acto de leer se sitúan en el  salón de nuestra casa,  libros de diferentes colores y tamaños que, repartidos en diversas estanterías,  no se limitaban a ocupar un espacio, sino que tenían el honor de ser leídos por mi padre, quien nos los “presentaba” a mis hermanos y a mí indicando los temas, los autores y su interés o dificultad en función de nuestra edad. Al contrario que la Enciclopedia Salvat (quienes rondan mi edad la conocen de sobra)  tenía la sensación de que estos libros estaban vivos y suponía un gran aliciente saber que “podíamos leerlos todos”, sin excepción, sin prohibiciones.

Al tratarse de clásicos, en su gran mayoría, estas obras me acompañarían más adelante,  durante la adolescencia, especialmente durante la aburrida “hora de la siesta”, quedando fascinada desde entonces y para siempre con las inquietantes  historias de Kafka y con los relatos impactantes y misteriosos de E. Allan Poe (en realidad no me parecieron tan terroríficos como se decía).

Volvamos, pues, a mi infancia y centrémonos en los regalos de  cumpleaños y los que nos traían los Reyes Magos, que prácticamente siempre nos sorprendían con un juguete y un cuento de magnífica encuadernación e ilustraciones. Recuerdo también la dulce influencia de los comentarios sobre literatura de mi abuelo Manolo, maestro de profesión, de vocación y de convicción. Algunas tardes le visitaba en su casa y siempre me explicaba entusiasmado el libro que estaba leyendo en esos momentos, así como sus últimas adquisiciones editoriales, para las que necesitó robarle espacio al pasillo de su hogar,instalando  muebles especiales para dar la bienvenida a sus nuevas novelas… 

Sinceramente, me hacía especial ilusión que me regalaran libros durante mi niñez, aunque esto suponía disponer de menos juguetes; recuerdo claramente la colección Historias Selección (con 250 ilustraciones), de la Editorial Bruguera, que aún conservo. Estoy convencida de que los libros adecuados que recibes cuando eres niño te marcan positivamente  ¿No les parece que sería perfecto si gran parte de los familiares y amigos regalaran libros a los niños y jóvenes en Navidad, Reyes, cumpleaños y demás celebraciones?  Si por mí fuera,  animaría a los padres y profesores a acompañar a los niños a bibliotecas o librerías, y a celebrar sus logros o a apoyarles en momentos clave con libros motivadores. En estos momentos hay grandes escritores infantiles y ediciones preciosas, así como ilustradores muy creativos.

Mis hijos y la lectura: nuestro  ritual diario.

Desde que mis hijos eran bien pequeños sentí la necesidad de establecer un ritual nocturno de carácter casi sagrado. El tiempo se ralentizaba  en esos momentos y la complicidad era absoluta: a lasensación del deber cumplido y eldescanso merecido añadía más de media hora de amena lectura diaria con ellos. Era mi momento perfecto, tanto antes como después de que ellos aprendieran a leer. Lógicamente mi papel inicial de única narradora fue dando paso, poco a poco,  a la intervención y posterior protagonismo narrativo de mis hijos, cuando  les entusiasmaba comenzar a leerme su libro a mí, primero despacito, luego con precisión. Cuentos leídos, historias contadas, combinando varios idiomas, audiolibros,  narraciones sugeridas en su colegio y mi particular forma de bromear algunas veces, leyendo “muy mal” para que ellos me corrigieran, son momentos que atesoro con infinita ternura.

Mis primeros viajes (literarios).

Observo con satisfacción  que desde hace  tiempo  la lectura ocupa el lugar que merece en las escuelas desde edades muy tempranas, y sigo manteniendo la esperanza de que se fomente una verdadera Promoción de la Lectura para toda la sociedad. Mi contacto con el apasionante mundo de los libros ha sido una constante en mi vida, por varias razones, y lo verdaderamente relevante para este blog es que con el tiempo me he dado cuenta de que mis primeros viajes infantiles, sin compañía de los adultos, los realizaba leyendo desde nuestro salón familiar, en silencio, mientras todos dormían la siesta.


Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo
Profesora universitaria y gestora cultural.