lunes, 16 de abril de 2018

Ángel L. Montilla Martos


Cuenta mi madre que aprendí a leer sin que me enseñaran. Dice que teniendo yo unos cuatro o cinco años íbamos por una calle de Málaga y, al pasar bajo el cartel de una sastrería, leí en voz alta: “Mateo”. Mi madre se medio asustó: “¿Quién ha enseñado a este niño a leer?”. Seguro que el “milagro” se produjo porque el susodicho cartel estaba en el camino a casa de mi abuela, a la que íbamos casi todos los días desde la nuestra, situada en la periferia de desarrollismo tardofranquista. Imagino a los mayores diciéndome “ahí pone Mateo, Ma-te-o, Ma-te-o”. Mis tiernas neuronas irían remachando la letanía hasta que ultimaron sus sinapsis y… leí.

Y así empezó todo. 

Luego fui a una escuela particular que en Andalucía llaman “amiga”. Era una mujer mayor, muy agradable, que llenaba de niños las pequeñas habitaciones de su casa. Recuerdo que me usaban como señuelo publicitario de lo bien que aprendían los niños en su negocio. Me ponían delante de las visitas y leía fragmentos de la cartilla. El típico niño repelente.

Al poco abrieron en el “famoso” barrio de La Palma un colegio de verdad, nacional, patrio, público, estatal... e ingresé en “parvulitos”, o educación infantil. Probablemente era el único que sabía leer. Allí “progresé adecuadamente” y entré en primaria, donde se hacían muchos dictados, sin duda por la dictadura que vivíamos gozosa e inconscientemente.

En cierta ocasión, por motivos administrativos que desconozco, llegaron unos inspectores, miraron nuestras libretas y nos pasaron a unos cuantos repelentes a un curso superior, aunque apenas había pasado un mes desde septiembre. De esta anómala manera incrementé mi nivel de repelencia. Dos años más tardes rectificaron y me hicieron repetir con todo sobresaliente. Cosas de las dictaduras.

Pero mi repelencia lectora no tenía límites y creció en paralelo cuando inicié mi fugaz carrera como lector en público en las misas de los domingos. Leía las epístolas a los Corintios o a los Tesalonicenses, un trabalenguas cruel que resolvía como podía. Algo quedó del estilo testamentario en ciertos textos que he escrito después.

A partir de ahí la cosa se normalizó y no llegué a ser ningún voraz lector en la infancia. Mis padres me compraron una colección de literatura juvenil con títulos de Verne, Salgari y demás. Mi tía Inés nos mandó desde Canarias a mis hermanos y a mí una enciclopedia juvenil Oxford que devoramos mil veces. Para la comunión me regalaron La Biblia de los niños, un magnífico libro muy bien ilustrado, del que aprendí un montón de cosas (literarias e históricas), ya que mi supuesta fe se fue diluyendo al ritmo de los estertores del régimen y viré hacia el mundo juvenil del inconformismo, el cine y la música. Este nuevo medio de comunicación me llevó posteriormente a la poesía y de ahí, años más tarde, volví a la música. Y en esa dialéctica me encuentro. Por eso me alegré tanto del Nobel que le dieron a Dylan.

Ya en el instituto aprendí a leer, de nuevo, el alfabeto griego. Y en la universidad, el árabe. Y muchos años más tarde, ayer como quien dice, aprendí a leer en japonés y ahora doy clases de escritura en los recreos a unos cuantos jóvenes muchísimo menos repelentes que lo que yo fui en mi momento. Por supuesto.

Ángel L. Montilla Martos.
Escritor y profesor en Educación Secundaria, Bachillerato, B.U.P. y C.O.U.

 

jueves, 15 de marzo de 2018

Sergio C. Fanjul


¿Qué cuándo aprendí a leer? No lo recuerdo, y eso me da pánico, por aquello de que la vida es un vacío: uno mira atrás en el calendario y no sabe qué demonios ha hecho el 5 octubre de 2004 o el 14 de noviembre 2013. Vamos viviendo y vamos dejando la nada. No recuerdo lo que hice la mayoría de las Nocheviejas, se supone que fechas especialmente señaladas. Así que ni siquiera sé por qué vivimos este día a día que se disolverá en la nada dentro de unas pocas jornadas.
Pero, aunque esté mal decirlo, porque se supone que hay que leer mucho para saber escribir, puedo decir que prácticamente empecé a hacer las dos cosas al mismo tiempo. En mi muy pequeña pequeñez me encantaban esos libros misceláneos de una leyenda para cada día, la historia mundial ilustrada, los mejores inventos, los grandes descubrimientos científicos, etc, de hecho, todavía los compro cuando los encuentro en mercadillos y los almaceno en inamovibles columnas sobre el parqué del salón de mi casa. Recuerdo que uno de aquellos libros de divulgación científica lo protagonizaba Charlie Brown, el humano de Snoopy.

Lo que pasa es que yo recopilaba información de estas fuentes ilustradas (en todos los sentidos de la palabra) y luego, con una máquina de escribir Olivetti colorada, dedicaba la mañana de los sábados a hacer compendios de ese conocimiento, pequeñas enciclopedias de folios grapados. La cinta de la máquina era bicolor, así que ponía grandes títulos en rojo y profundos textos en negro. Cuando fallaba una letra lo repetía entero, de manera obsesiva, así que aprendía de forma imborrable cuestiones como el proceso para hacer arder un diamante, la historia de los luditas durante la Revolución Industrial, el descubrimiento por parte de Galileo Galilei de las cuatro grandes lunas jovianas, la arquitectura oculta de la tabla periódica de los elementos o los desvelos de Hernán Cortés en su conquista de Tenochtitlan, siempre en su versión más amable e infantil. Me convertí en un sabio de menos de un metro de altura, incluso más joven que aquel tan repelente que años después aparecería en Crónicas Marcianas.

No lo había pensado antes, pero ahora, más de 30 años después, veo ya allí mi actual interés por el ensayo, por la no ficción y por la práctica de periodismo, un interés que, aún así, se vio larvado durante muchos años hasta que emergió como lava de un volcán, como el pus explosivo del acné adolescente.

Después de esta etapa que podría calificarse como mi fase infantil-enciclopédica vino un período de la infancia tardía y primera juventud donde no recuerdo tener demasiado interés por la lectura más allá de los cómics de Marvel (publicados por Cómics Fórum, de los que guardo millares en mi casa materna), los pequeños volúmenes rojos de Elige tu propia aventura (SM) o algunas novelas de aventuras de la Dragonlance y, sobre todo, El Señor de los Anillos, cuando no había ni película ni merchandising. “Cuando no era comercial”, como presumirían un pocos años después los que tenían los primeros dos discos de Green Day. En el cole, a través de los años, nos habían recomendado algunas novelas que no estaban mal: Boy y El Superzorro, de Roald Dahl, Los escarabajos vuelan al atardecer (cuyo argumento no recuerdo pero que me flipó), de María Gripe, Rebeldes de Susan E. Hinton u Otto es un rinoceronte, de Ole Lund Kirkegaard

Lo de la lectura en serio (siendo tan audaz como para insinuar que todo esto no era serio) me llegó tarde, en torno a los 16 o 17 años, cuando, no sé por qué, empecé a interesarme (como todo el mundo) por los cuentos de Borges y Cortázar, y de ahí a Kafka, y a Lovecraft, y a Guy de Maupassant, y a los beats, y a Bukowksi, y a Milan Kundera… Sobre todo, a repasarme con interés la kilométrica colección del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, que podría señalar como mi alma mater en estos asuntos lectores. Por aquellas fechas mi madre se fue Cuba un par de semanas y yo me compré un pack de seis latas de cerveza, me hice un piercing en la parte superior de la oreja y me leí Rayuela casi de un tirón, espatarrado en la cama.

Ya nada fue lo mismo, no sé si para bien o para mal. Y todo para al final haber dejado la lectura, y la vida en general, por dulce embrujo de las redes sociales. El piercing aquel de cuando Rayuela también me lo quité, pero todavía permanece un extraño bulto en el cartílago que a veces estalla.


Sergio C. Fanjul
Periodista y poeta.


sábado, 13 de enero de 2018

Sandra Patricia Rey

SIMULCOP DE INFANCIA

Durante mi infancia, leer y escribir, llaves simbólicas del saber y del poder, para los eruditos, eran para mí sinónimo de juego.

En mi época y en el barrio urbano que me crié, se llamaba librerías a los comercios en los que se vendían lápices de colores, unos anotadores llamados Congreso que no faltaban en las casas, blocks de hojas de colores, papel glacé, plasticola, gomas de borrar tinta y lápiz. También sobres y papel de carta, y los cuadernos Simulcop, ese invento de los 60 para dibujar como los dioses. No se vendían libros.

Así entonces, el primer contacto con la palabra escrita, eran los periódicos y las revistas. Para chicos, a comienzos de la década del ’60, comenzó a editarse Anteojito, una creación de Manuel García Ferré, el creador de los primeros dibujos animados en la Argentina. El personaje era un niño de unos 8 años, muy tranquilo e inteligente, que usaba grandes anteojos, y vivía con su tío llamado Antifaz. A la galería de personajes entrañables, se sumaban actividades para realizar. Además me compraban historietas. Las aventuras de un cacique noble de estas tierras, llamado Patoruzú, y las locuras de un personaje peculiar, Isidoro Cañones. Las ilustraciones permitían imaginar la historia, aunque los textos resultaban aún un misterio.

Recién el colegio abría las puertas al mundo de la lectura, y eran los maestros los que nos iniciaban en ella. Con orgullo puedo decir que mi maestra de primer grado, Cristina Doce, fue quien me enseñó a leer y de las primeras personas que me animó con la escritura.
 
Si muchos de los de mi generación aprendimos a leer, leyendo historietas, en mi caso, una vez adquirida la herramienta, devoré con avidez cada libro de la biblioteca familiar, recuperada en la actualidad para amurar en mi habitación. 
 
La lectura era un acto solitario, casi secreto, y los personajes de historietas y de libros, tan reales como cualquiera de mis familiares o amigos.

Los libros se convirtieron en un buen refugio, buscaba algunas respuestas que no encontraba alrededor y eran una verdadera compañía. Soy la menor de cinco hermanas mujeres, y a medida que mis hermanas se casaron, la biblioteca se fue despoblando. Como ser mayor otorgaba algún derecho, se llevaron unos cuantos libros que yo amaba, aunque a nadie le importó.

De la colección Robin Hood, conservé El príncipe feliz, Mujercitas y Bajo las lilas, pero nunca encontré el ejemplar de Corazón que me había regalado mi madrina de bautismo. Era de tapas duras, rojo brillante, y tenía representado al pequeño Marco con las montañas de fondo. No puedo contar cuántas veces viajé de los Apeninos a los Andes, acompañándolo.

En un estante tengo reunidos a mis amigos de la adolescencia, las Voces de Antonio Porchia, Pedro Páramo, Juan Salvador Gaviota, Mi planta de naranja lima y El principito con el lomo pegoteado por una reseca, amarillenta y ajada cinta scotch. Para un cumpleaños, a propósito del cincuentenario, me regalaron una edición encuadernada en tela color azul, y aunque trae dibujos originales de Saint Exùpery, no tiene para mí el mismo valor.

En ese estante preferido tengo además a Corín Tellado, descubierta por casualidad en los mismos anaqueles que los clásicos, en mi primer viaje a España. Con el mismo entusiasmo con que solía perderme en las librerías de la Avenida Corrientes, encontré a la asturiana; según la UNESCO, la autora de habla castellana más leída después de la Biblia y de Cervantes.

En la ocasión no eran novelitas usadas, elegidas entre pilas bien ordenadas en prolijos y polvorientos cajones que tenían esos locales de canje o venta, sino ejemplares originales que me hicieron ilusión. 
 
Estaba ordenada alfabéticamente en una clara demostración de que no existe género menor. Cabrera Infante declaró que su tarea de corrector de la prolífica escritora de novelitas rosa –la inocente pornógrafa, como él la llamaba–, fue determinante para su posterior dedicación a la escritura.

Eterna la poesía, asoman en ese mismo estante Machado, Hernández y Prevért, y los argentinos Girondo, Gelman y la Orozco; allende la Cordillera, Neruda y Vicente Huidobro; e Idea Vilariño y Mario Benedetti, desde el otro lado del charco. Poemas aprendidos de memoria de tanto andarlos y desandarlos.

Mientras los demás aborrecían los clásicos del secundario, yo disfruté al deslizarlos de sus estantes, para mis sobrinos y mis tres hijos después. El poema del Mío Cid, el hidalgo caballero Don Quijote de la Mancha, Platero y yo, Los árboles mueren de pie, El lazarillo de Tormes y Pepita Giménez entre otros, se han mantenido vivos a fuerza de subrayados y anotaciones.

El juego continuaba para mí y quería contagiarlos, al iniciarse el año escolar y llegar con la lista de libros, ellos decían el título, esperando que yo completara el autor. También se hizo costumbre que les contara de qué trataban, cuáles eran mis preferidos y más aún, cómo hacer sinopsis o resúmenes.

Como lectora, los libros siempre me hicieron sentir esa magia de lo que no se puede explicar. Me convirtieron en protagonista.
 
Sandra Patricia Rey
Abogada, escritora y creadora de la revista Megara.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Alena Collar



 Siempre que termino de leer un libro que me gusta, que me hace perder la noción del tiempo de lectura, como hoy, pienso lo mismo: qué lujo saber leer. Qué lujo que me enseñaran además el amor por la lectura. Porque no siempre se da; a veces, muchas, se enseña a leer pero no se enseña ese amor por los libros. Y yo no creo que valgan campañas, de colegios, ni nada de eso; creo que es un modo de vida que te incorporan de pequeño en casa. Yo no recuerdo no estar rodeada de libros, de recitados, de gente que me leía antes de aprender, de historias. Vivir, crecer así es un privilegio. Siempre recuerdo el portal de la casa del pueblo, la silla de mi tío Pepe, y una caja. Cerrada. Yo, con tres años. En otra silla.  Mi pregunta habitual con él: “ ¿qué me vas a enseñar?”… Porque mi tío Pepe era un Maestro, aunque no fuera maestro. Era médico. Y me enseñaba, todos los días.

Y aquel día me dijo unas palabras que no se me olvidan: “ Te voy a enseñar un juego mágico que te abrirá las puertas del mundo”. Y cuando le pregunté, “ y ¿cómo se llama el juego?”, me respondió : “ Se llama Leer”.

La caja cerrada –hablo de 1963- contenía unos bloques cuadrados. 28 bloques cuadrados. Mi tío me dijo que cada cuadrado era una letra y tenía un sonido. Y empezamos. Con las vocales, “a” “ como si te sorprendieras”,  “e” como cuando llamas a alguien para que venga”, “i” como si lloraras bajito” “o” como si te asustaras”, “u”, como si quisieras asustar a alguien”. La A dos palitos hacia ti y un palito de mano a mano”, la “E” Un palito hacia ti, dos palitos hacia la mano mala y uno en medio” ( yo soy zurda), la “I” Un palito solito” la O”  “como la pelota, redonda”, y la U” Como la O pero sin cerrar”.
 
A base de sonidos e imaginación, aquel mes de julio veraniego de 1963 fui aprendiendo. Una tarde de aquellas, en las que ya dominaba el abecedario me dijo; “bueno, ahora la prueba final. Pon una palabra”. Yo puse muy despacio una palabra. “Léela”.“Mamá”. Entonces se sonrió y me dijo: “Ya sabes leer, pero vamos a hacer otra prueba”. Sacó un pequeño paquete. Lo desenvolví. Era un libro de cuentos. “Lee el título”, me dijo.Y yo, muy despacio fui leyendo, asombrada, casi asustada, entusiasmada luego, de corrido y alborotándome: “Rubito, el gatito abandonado. Érase una vez un gatito muy pequeño al que abandonaron en un bosque…” -Para, para- me dijo riéndose y cogiéndome las manos. Me paré y me miró. “Ahora sí, ahora es verdad, ahora YA SABES LEER”. Y yo salí corriendo por  toda la casa, armando una escandalera que alborotó a todo el mundo, gritando con mi libro de cuentos abrazado: “ Mamá, papá, ya sé leer”…

Había aprendido un juego mágico que me iba a abrir todas las puertas del mundo, iban a ser mías todas las historias, todos los países, todas las aventuras. Para siempre. Y nunca más, mientras hubiera  libros, me importaría estar horas y horas en la cama…

Siempre que acabo un buen libro, como hoy, me acuerdo de esto, y quería compartirlo con vosotros.


Alena Collar
Escritora y crítica literaria.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Martina Tuts



La niña aprenderá las letras en casa —sentenció mi abuela. Y a contar también. Y así, la m con la a, repetida tantas veces, nunca se pronunció mamá: aprendí que a la b y la o se le añadía una n y se pronunciaba bobón que, en nuestro idiolecto particular, no significaba tonta sino buena. Mi abuela era artista: tocaba la mandolina, cantaba y bailaba. Me cautivaban sus dedos recorriendo las ocho cuerdas del instrumento haciendo sonar una y otra vez para mí “Los Niños del Pireo”.

—Otra vez, abuela —pedía sin parar. Ella se esforzaba por introducir nuevas notas, arreglos, variantes, que resonaban en la habitación y me transportaban a mundos de luz azul y olores desconocidos.

Años después, en un barrio de Atenas del que me esforzaba en leer cada cartel, otro músico tocando el bouzouki me retrotrajo a la cocina de Bilbao y al sillón de orejas del rincón desde el que miraba embelesada a esa mujer de dedos largos y sonrisa eterna. Aprendí, pues, a diferenciar -an de -on, al ritmo de las notas, con los dedos en forma de pinza oprimiendo mi pequeña nariz y creo que me hice con el pentagrama antes que con el alfabeto.

Aprendí a leer con los nombres de los alimentos, los indicadores de tráfico, los carteles de las calles, un poema de Baudelaire que, no se sabe muy bien por qué extraña razón, había acabado en el cesto de la leña y que yo repetía, compulsivamente, sin llegar a comprender cómo serían esos amargos abismos….

Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.

—Lee, lee —insistía mientras desgranaba las notas en las cuerdas— si lees, escribirás. Y lo harás bien. Y a quien escribe bien, se le respeta.

Y leía, pues, sin parar, todo lo que alcanzara mi mano de niña pequeña, en esa casa demasiado grande y demasiado fría, pero en la que se escuchaba siempre la bonita voz de la abuela cantando.

Cuando cumplí cinco años, llegaron los libros: Martina en la Escuela, Martina en el campo, Las vacaciones de Martina… hasta completar una colección que creí durante muchos años que se había escrito especialmente para mí. Así que, cuando llegó septiembre y el primer día de escuela, estaba lista para la aventura.

Pero cuando la maestra escribió las veintisiete letras del alfabeto y nos hizo repetirlas durante una hora y pasó después a ba, be, bi, bo, bu y luego a ca, ce, ci, co, cu y así hasta llegar a la Z, yo ya volaba entre nubes y pájaros con la cu de cuervo, la go de golondrina y la ga de gaviota.

Volvía a casa, mustia, hacía los deberes sin ganas y soñaba con volver a la casa grande llena de música en la que la abuela se inventaba frases que me hicieran pensar o reír y mezclaba las notas con las letras. Es así como canturreaba « do mi si la sol fa si la si re do mi si la do re », obligándome a escribir primero lo que oía (que era lo mismo que las sílabas que nos imponía la maestra) y, después, a sacarle un sentido a lo adivinado, que era algo como «domicile à sol facile à cirer, domicile adoré» (lo que en castellano sería algo como «hogar cuyo suelo es fácil de encerar, adorado hogar», y no tiene gracia alguna) que, a mí, me resultaba de lo más divertido.

Después llegarían los poemas de Luis Aragón, cantados por Jean Ferrat, las letras irreverentes de Brassens o el melancólico cinismo de las canciones de Brel, impresas en octavillas, que vendía un viejecito en los mercadillos de los viernes, entre frutas y verduras y exprimidores de naranjas.

Luego llegarían otros idiomas, otras canciones, otros poemas, otras lecturas. Libros, libros y más libros.

Lee, niña, lee. Si lees, escribirás. Y lo harás bien. Y a quien escribe bien, se le respeta.


Martina Tuts
Editora.


martes, 24 de octubre de 2017

María Luisa Huertas



Me resulta imposible olvidar como y cuando aprendí a leer y a escribir. Toda mi vida ha estado marcada por esos momentos.

Nací en el seno de una familia marginal, en cuanto al trayecto de vida. Mis padres vivían y trabajaban en Marruecos. Durante mi infancia residíamos en las montañas Rifeñas, sin posibilidad de acudir a ningún colegio. Para mi seguridad, me enviaban muy a menudo a España, con los abuelos. Mi abuela era pintora y cantante de ópera y mi abuelo un hombre de negocios liberal, abierto y demasiado moderno para la época. En aquella casa se dedicaba mucho tiempo a las artes, a las reuniones con artistas de todas clases y a la lectura. Para mis abuelos la escuela era perturbadora para los niños, así que, aquí, tampoco tuve la posibilidad de canturrear las sílabas con otros niños. Ni de unir las consonantes y las vocales para formar palabras, sirviéndome de las sugestivas imágenes de los libros de texto.

Aprendí a leer con el Quijote. Sí, con el Quijote. Cuando fui capaz de unir las letras y de comprender las frases, pasé a todo tipo de literatura clásica y menos clásica que ocupaba la biblioteca. Ahora puedo decir que aprendí realmente a leer. Después de cada párrafo leído, se comentaba el contenido y poco a poco, mi pasión por la lectura dejó paso a la pasión por la escritura.


María Luisa Huertas
Escritora.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Carmen Dorado Vedia




Un libro es como un jardín
que se lleva en el bolsillo.
Proverbio árabe.                                                                              
                                                                         
¿Cómo y cuándo comenzó mi pasión por la lectura?
La respuesta es, como cabía esperar, una historia.
La historia de una niña que creció en mil y una noches bajo la cálida voz de su madre mientras le desgranaba las historias de Sherezade, la narradora por excelencia. Gracias a sus cuentos descubrí que nada es imposible: construir un jardín en el desierto, vivir la sencillez de los nómadas, cabalgar sobre una alfombra voladora, recorrer los zocos y, lo más importante de todo, sobrevivir porque hay historias que contar y sabemos contarlas, que estamos vivos porque tenemos voz y porque alguien nos escucha. Aunque esas historias que nos cuentan, que nos contamos, no sean necesariamente placenteras.
La niña se hizo grande. Ya tenía criterio propio y entre los libros de casa buscaba aquellos que le llevasen a paraísos perdidos, playas desiertas, barcos piratas.
Mis primeras lecturas fueron la Isla del Tesoro, Los viajes de Guilliver, las travesuras de Guillermo o los cuentos de Celia de Elena Fortún.
En mi undécimo cumpleaños mi madre me regaló dos libros que me han acompañado desde siempre: Los cuentos de la Alhambra de Washington Irving y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Ese mismo año, con el dinero que habían ahorrado compré el Principito. Por entonces no intuía que más tarde mi profesora de francés me haría leer (precisamente) Le petit prince y Autour du monde en 80 jours.
Poco después llegaron Enid Blyton y los cinco. Ellos me inspiraron los primeros relatos que escribí y que aún guardo con mucho cariño.
A los quince años descubro, gracias a mi hermano, a García Márquez y Vargas Llosa. Del primero he leído (casi todo) lo publicado. Cien años de soledad es mi libro de cabecera, lo he leído y releído en varias ocasiones y puedo asegurar que nunca deja de sorprenderme, además de tener distintas ediciones.
Por esa época es cuando desembarco en la poesía de Machado, Alberti, Lorca, Miguel Hernández.
La niña creció y viajó.
Recorrí Oriente Próximo y aprendí que el más precioso de todos los colores es el que guardan las palabras. Conocí gentes, lugares, aromas que a mi vuelta siempre añoraba con una punzada en el corazón. El vacío de la nostalgia lo llené de libros y autores que me trasladaban a esos lugares. Mi curiosidad me llevó a adentrarme más en la idiosincrasia de sus gentes. Fue la etapa en la que me sumergí en el ensayo, en la novela histórica, en los libros de viajes.
Desde entonces leo con asiduidad a autores árabes como Rafik Schami (sirio), Fátima Mernisi (marroquí), Malika Mokedden (argelina), Ibrahim Al-Koni (libio), Simin Daneshvar y Kader Addolah (persas), Tarik Ali (paquistaní), Niguif Mahfud (egipcio), Amin Maalouf, Khalil Gibran (libaneses), Mahmud Darwis y Edward Said (palestinos).
En el año 2005 entro en el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y gracias a ella descubro autores como Borges, Cortázar, Monterroso, Horacio Quiroga, que me han ayudado a resolver muchos de los vacíos que había en mi escritura. Gracias al Taller, a Camila Paz y a la colección “el pez volador” pude publicar mi primer libro de cuentos Tras las huellas de Sherezade.
Voy a terminar utilizando una frase de Borges: Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Carmen Dorado Vedia
Departamento de salud del ayuntamiento de Madrid.



domingo, 20 de agosto de 2017

Silvia Fernández Díaz


En mi vida, he aprendido varias veces a leer. La primera fue en parvulitos, a los cuatro años. Sin apenas darme cuenta, comencé a unir las grafías que, a diario, copiaba en los cuadernillos Rubio. Un día la señorita Gracia nos mandó la cartilla Palau. Era una cartilla de lectura. Es mi primer recuerdo, al que luego sumé el de los maravillosos libros Senda de la editorial Santillana.

Cuando aprendí a leer mis hermanas respiraron aliviadas. Ya no les daba continuamente la tabarra para que me leyeran en voz alta mi libro favorito. Uno sobre el niño Jesús en el templo, que no se titulaba exactamente así y que, desgraciadamente, no he podido localizar en mis largas búsquedas por Internet ni en las ferias de libros antiguos.

Sobre todo, aprendí a leer con las poesías. Con esos poemas de Machado o Espronceda que nos hacía recitar de memoria junto al encerado. Cuando me mandaban esos deberes, siempre pensaba que sería incapaz de aprenderme aquellos versos tan largos. Gracias a la repetición, lo acababa consiguiendo. Esos poemas, grabados desde entonces en mi memoria, han sido las lecturas más inolvidables de mi vida.

También recuerdo gratamente las incursiones a los libros de las estanterías de mi casa. O a los que heredé o me regalaron mis hermanas. Me acuerdo con gratitud de los lomos granates, con letras doradas, de Selecciones del Reader's Digest de mi abuela, las aventuras de Los siete y Los Cinco, las de Tom Sawyer o las de Los muchachos de la calle Pal. Las emociones que viví con Cuando Hitler robó el conejo rosa. Y el deseo de devorar, sin querer que nunca se acabara, La historia interminable, de Michael Ende. Recuerdo una maleta cargada de libros de Cuba, en la que llegó Mi planta de naranja lima. Y La busca, de Baroja, y después muchas más novelas suyas, o las de Herman Hesse, Heinrich Böll, Carmen Martín Gaite... Así se me abrió un mundo paralelo, en el que me sentía mucho más acompañada que en la vida real. Leer junto al balcón, en las noches de verano, era lo más agradable de las vacaciones interminables de mi adolescencia.

Casi nunca he dejado de leer. Durante los años en que me dediqué a preparar unas oposiciones, no pude hacerlo con la asiduidad que quería. Sin embargo, cuando las aprobé, quise cursar algo relacionado con la escritura. Los talleres de escritura de relato y, posteriormente otros más especializados, me han enseñado a leer de nuevo. Antes sabía cuándo un libro me gustaba o, por lo contrario, me aburría, pero no sabía el porqué. O cuál era el motivo por el que me emocionaba. Gracias a la lectura compartida de relatos y novelas en talleres, aprendí de nuevo a leer. A analizar los textos, intentando llegar más allá de lo que se deduce en las líneas, y compartir los comentarios con los compañeros y los profesores. Y sigo en ese proceso maravilloso.

Por lo demás, casi nunca salgo de casa sin un libro en el bolso. Es un objeto imprescindible en mi vida. Uno de los mejores compañeros de viaje. No suelen defraudarme. Y, si lo hacen, no les pido más y enseguida encuentro otro que me satisface. Hace años, al acabar un libro, me quedaba sin saber elegir otra lectura. Tenía que esperar para comprar un nuevo libro, a pesar de tener bastantes que no había leído pero que no se encontraban entre mis apetencias. Sin embargo, ahora tengo en mis estanterías una pila de amigos que esperan el turno para que llegar a mis manos.

Los libros me enseñan a vivir otras vidas, abren mi reducido mundo a otros lugares, a otras emociones, a unas sensaciones que reconozco cuando leo algún párrafo de Sándor Márai, Zweig, Magda Szabó. O me sumerjo en los abismos vitales de Thomas Bernhard. O cuando me deleito en la prosa fluctuante, en el dejarme llevar entre las olas de palabras de António Lobo Antunes. Quizás parezca exagerado, pero no puedo vivir sin los libros. Vivir sin leer es una especie de muerte. Porque los libros me hacen soñar. Eternamente.



Silvia Fernández Díaz.
Escritora y lectora apasionada. Profesora. Administrativo por las mañanas.



sábado, 8 de julio de 2017

Alberto García-Teresa


 

Dice Javier Lostalé que, “quien lee, vive más”. Me gustaría precisar que “vive más intensamente”. O, mejor, “está preparado para vivir más intensamente”. Porque mucho se ha reflexionado sobre la capacidad de la literatura y del ensayo de agudizar nuestra mirada del mundo, de afinar nuestros sentidos, de ayudar a comprender la sociedad, su funcionamiento y a quienes la habitan; de ser estímulo. Sin embargo, me sigue perturbando la concepción de la literatura como mero entretenimiento. Es indudable el placer que nos causa el sentirnos atrapadas/os por una historia, por las correrías de sus personajes. Pero me preocupa que esa experiencia nos desplace, en vez de situarnos en un lugar de percepción y apreciación profundizada, y que se reduzca a evasión y termine obedeciendo o colaborando con lógicas de distracción y adormecimiento.

En cualquier caso, mi comienzo en la lectura, sin duda, vino de la mano de esa inmersión en historias y mundos fascinantes y absorbentes. Nada de extraordinario tiene mi peripecia con la lectura. Desde pequeñito leí con fervor, alimentado por dos fuentes que considero fundamentales socialmente. Por un lado, la biblioteca familiar que había en casa de mis abuelas/os paternas/os: entre los doce hermanas/os, fueron acumulando dos estanterías de novelas juveniles y de aventuras (sobre todo, aquellas historias de Los Cinco, Los Hollister, Guillermo y Julio Verne de la editorial Molino) que me surtieron durante años hasta el punto de precipitar la escritura de mi primera “novela”, cuando tenía once años, sobre una aventura de una pandilla al mismo estilo.


La otra fuente ha sido una librería de mi barrio (un barrio obrero de la periferia de la capital), en la que adquiría, sobre todo, volúmenes de las series de Elige tu propia aventura, Lince y Amy (Resuelve al misterio), La máquina del tiempo, Planea tu fuga... La labor de esos libro-juegos me parece encomiable como animación a la lectura aún hoy. Es una lástima que los intentos en la actualidad de recuperar el formato, hasta lo que sé, no hayan conseguido la popularidad y la implantación que aquellas series obtuvieron en su momento.

Temprano llegó también mi afición por los cómics. Ahí se fue fraguando el magma, a base de material de fantasía y ciencia ficción para que, durante la preadolescencia, fueron cayendo esos hitos que jalonaron el género en narrativa, y que me marcaron profundamente: El señor de los anillos con once años (en una lectura tan alejada de la que pude hacer más tarde a los veintitantos, que siempre guardo como ejemplo del valor de las relecturas y del acompañamiento que las grandes obras nos van dando en distintos momentos de nuestra vida), H.P. Lovecraft con doce o trece (ídem), Isaac Asimov (que, por el contrario, hay que reconocerlo, resiste mal las relecturas en la madurez)… 


A la poesía, que ha sido el motor de buena parte de mi vida desde mi juventud, llegué en el instituto. Miguel Hernández y Juan Ramón Jiménez (con distintas facetas de su obra a lo largo de los años, en su caso), por distintas razones, entraron muy pronto a formar parte de mi propio cuerpo, y ahí siguen alojados, alimentándome continuamente. Por tanto, poesía y ficción especulativa y fantástica fueron mi sustento (lector y vital) al que se sumaron ensayos de política, sociología y de teoría literaria.

Sin embargo, desde el inicio de mi tercera década en la vida, he ido perdido el interés por las tramas de la narrativa. Sí que presto mucha atención a la construcción del aparato narrativo pero, en el fondo, me desentiendo de si el asesino es el terrateniente o el jefe de policía. Salvo títulos concretos y el género del microrrelato (síntesis de movimiento y sugestión), la verdad es que me duele reconocer que no me interesa la narrativa (y mira que tengo centenares de estupendas novelas por leer en casa todavía…). Que lea ahora menos de una decena de novelas al año (frente al centenar largo de poemarios y libros de ensayo, teniendo en cuenta que hace años devoraba más de cincuenta novelas) creo que resulta significativo.

Pero, ¿qué habría sido y es mi vida sin libros, sin literatura? Sin lugar a dudas, algo radicalmente distinto, pues la lectura me ha configurado por completo. Afortunadamente.



Alberto García-Teresa
Filología Hispánica, poeta, microrrelatista y crítico literario. Trabaja en una biblioteca municipal.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Inma Blanco




Mi vida era demasiado inquieta como para perderla leyendo, bueno eso era más o menos lo que sentía cuando corría a trompicones por Membrilla mi pequeño pueblo manchego.

Recuerdo la mano amorosa de doña Marce acompañando a la mía mientras entre las dos juntábamos unos palotes de los que de forma mágica salía algo parecido a las letras. Muchos días, la profe repartía equitativamente la pizarra, que rodeaba toda el aula de las niñas en la escuela de San León, y entonces comenzaba lo divertido. En aquel pequeño espacio de pared, podía dar rienda a mi fantasía, dejar que mis manos escupieran lunas, soles o estrellas: sí, porque mis primeras palabras eran dibujos inconexos, como los de casi todos los niños a los que permiten soñar despiertos.

Un día, a escondidas de mi madre, me llevé al parvulario un precioso libro de cuentos que alguien acababa de regalarme. Aún hoy imagino los dibujos preciosos de sus láminas y siento, tan claramente como aquel día, el dolor que me produjo verlo todo roto en una especie de alcantarilla situada en el patio de recreo. Los juguetes y los libros eran un bien preciado e inusual en los niños del pueblo, solo aquellos que teníamos familia fuera de allí solíamos tenerlos. No sé si fue la envidia o la rabia de alguna de mis compañeras, yo solo recuerdo mi propia rabia y  dolor. Un libro es un tesoro demasiado valioso para sacarlo de casa, al menos eso es lo que pensé aquel día.

El libro preferido de mi hermana era el de Heidi de Johanna Spyri. Cuando cumplí los nueve años descubrí que también era el mío. Fue el primer libro que fui capaz de leer entero (hasta entonces solo leía comics) y aquel verano, en el que yo estaba por fin en casa convaleciente de mis dos operaciones, fui consciente de que todo el sufrimiento de la niña de los Alpes en la ciudad de Frankfurk era similar al mío en aquel hospital de Madrid. Heidi abrió para mí una puerta que nunca más se cerró.

Mi hermano, a diferencia de mí, devoraba libros desde una edad temprana. Este hecho facilitaba que yo tuviera un buen surtido de libros para elegir. Él tenía casi todos los libros de Julio Verne, un escritor que a mí no me hacía mucha gracia, pero gracias a mi hermano, pude vivir aventuras sin fin. Recuerdo con mucho cariño libros como: "La isla del tesoro" de Robinson Crusoe, "Los viajes de Gulliver"... etc. Se suponía que eran libros para chicos pero a mí me encantaban. En mi adolescencia descubrí a Charles Dickens y leí todo lo que de este escritor caía en mis manos; me pasaba los días ahorrando para comprarme libros ya que mi hermano no los tenía todos. Con trece años leí "Los Miserables" de Víctor Hugo en dos tomos enormes; también por aquella época más o menos cayó en mis manos "El Decamerón" un libro que me dejo alucinando y que me abrió la parte más oculta del ser humano: la del sexo. Yo ni imaginaba que pudiera haber libros que hablaran abiertamente de todo lo que yo creía sucio y oscuro.

Me encantaba leer y a la vez intentaba escribir y vivía un mundo paralelo lleno de fantasía. No me gustaba mi mundo real, había pasado dos años de mi infancia en un hospital y tenía grandes problemas para volver a sentirme parte de mi familia. Mi refugio, mi mundo estaba en todas aquellas historias que leía o que imaginaba. Pero el tiempo todo lo cura o al menos poco a poco va poniendo todo en su sitio. Con los años, he visto como mis hijos aprendían a leer, como de un día para otro aquellos signos incomprensibles tomaban forma en sus pequeñas cabecitas y como daban forma a sus sueños a través de dibujos y más tarde de palabras. Y he visto también a mis nietos y como alguno de ellos ha heredado de mí un gran amor a la lectura. Ahora escribo, sueño, imagino pero sobre todo indago y busco en mis raíces que para mí lo son todo. Creo a pie juntillas que las mejores historias casi siempre surgen de la realidad por muy dura que esta haya sido porque siempre hay rayitos de luz que la hacen brillar. 

Inma Blanco.
Educadora Social, Criminóloga y Escritora (o al menos intento serlo).